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No lo sé, solo espera

Hoy hace diez años que Joel Barish cogió el tren y se fue a la playa de Montauk y escribió su lista de pensamientos al azar del día de San Valentín de 2004. Diez años, se dice pronto. Ya sé que es un personaje de una película, que no existe ni nada, pero tampoco necesito que lo haga. No tengo ni idea de qué estaba haciendo yo hace diez años, ni siquiera me acuerdo qué regalé el último San Valentín que viví con pareja, de hecho, no me acuerdo si regalé algo. Y es que a mí el 14 de febrero me da un poco igual, soy así, odio los cumpleaños, me encanta la Navidad y me da lo mismo el día de San Valentín.

Lo que me jode es que yo no voy a poder ir a una playa, no voy a abrir una libreta y me voy a preguntar dónde están las hojas arrancadas de mi cuaderno, porque nadie me las ha obligado a arrancar. Puede que vaya al parque más famoso de la ciudad en la que vivo y me dé por pensar que la hierba está sobrevalorada, que solo son árboles diminutos. Y también puede que me cruce con alguna chica y me haga un poco de caso y me enamore de ella porque a mí, al igual que a Joel, eso también me pasa.

Pero vamos, que me quedaré en casa y me imaginaré qué estaré haciendo dentro de diez años. A lo mejor estaré en un tren de camino a una playa del estado de Nueva York y cuando esté allí muerto de frío pensaré “Montauk en febrero. Eres genial, Óscar”.

No tengo ni idea, lo más seguro es que dentro de diez años ni me acuerde de que he escrito todo esto y de que hubo un día en el que me moría de ganas de ver cómo se derrumba la casa en la que nunca nos conocimos. Pero eso sí, yo ya no me conformo con lo agradable, ni pretendo que mi mayor preocupación sea tener que llevar el coche al taller. A mí, si quieres, apareces y discutimos con cuántos colores serías capaz de teñirte el pelo, o jugamos a hacernos los muertos, o vuelvo e invento una despedida y fingimos que algún día la tendremos. Y a ver si dentro de diez años te apetece venirte a una playa que quiero conocer.

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El flúor atrofia las papilas gustativas

Cepillo de dientes en la boca, sangran las encías otra vez. Enjuagarse y tragar o escupir. Mezcla de saliva, sangre y mentol. La eterna duda. El agua del grifo caliente, muy caliente, para que nadie la beba. Mover el cepillo mientras todo pierde su sabor original. Lavabos demasiado limpios y estómagos demasiado revueltos y la ventana sigue sin poderse abrir.

Muy deprisa pero nadie está esperando detrás de la puerta; hace tiempo que no suena el teléfono por las noches. La mezcla con ganas de salir y sin salir. Gárgaras y tos y todo al suelo y todo huele mejor, pero no sabe mejor.

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Podría haber sido peor

Abrió la bolsa de patatas y todas se cayeron al suelo y, por mucho que intentamos recogerlas, el suelo nunca acabó de estar limpio y las patatas nunca supieron de la misma manera. Ella sabía que eran mis favoritas y también sabía que no era capaz de ponerme a gritarle como si al romper la bolsa hubiera roto algo más.

Creo que nunca llegó a sentirse culpable y yo no tenía la intención de echarle la culpa. Me parece que, de vez en cuando, la vida consiste en ver como otra persona tira al suelo tus patatas favoritas.

Todavía hoy quedan manchas de grasa en el parqué. Es lo que pasa cuando no te esfuerzas mucho en recoger algo que has visto caer o que se te ha caído.

No nos quedó más remedio que hacer una pelota con la bolsa, e intentamos encestarla en una papelera que hacía semanas que estaba a rebosar. Mucho tiene que rebosar una papelera como para que alguien como yo quiera vaciarla. Ganó ella, encestó primero. Se alegró y alzó los brazos y gritó de esa forma que a mí jamás llegó a gustarme.

No le dije nada, y no sé por qué, si ni siquiera estaba enfadado. Sí, me apetecían las patatas y sí, me parecía aburrido jugar a un juego en el que no teníamos nada que perder, pero ni siquiera me importaban todas las migas que habían quedado esparcidas por el salón.

En ese momento estaba seguro de que luego las iba a pisar con sus pies descalzos e iban a acabar entre esas sábanas que nunca quiso acompañarme a comprar.

Supongo que, mientras yo pensaba todo eso, ella empezó a preguntarme cosas, pero la verdad es que no me acuerdo. Solo sé que desde entonces no paro de plantearme qué habría pasado si yo hubiera abierto aquella maldita bolsa.

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