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Pongamos

Hoy hace ocho años que llegué aquí. Lo he calculado y son 2.920 días, sin contar los bisiestos. Siempre se me pierden los bisiestos. Pero más o menos, qué más da. Y no sé cómo contarlo. Se me escapan las películas y las series y las canciones. No lo cuento en amigos porque esos me los quedo para siempre, y no lo puedo contar en polvos porque estas cosas las leen mis padres.

Si me escuchara me diría que no es tan gris, que va a ser oscura y que va a doler y que le va a encantar. Y si él me pudiera hablar me diría que qué hago aquí, que quién me enseñó a tenerle miedo a marcharme y que cuándo voy a volver a huir.

Lo digo con el orgullo del joder, qué bien lo hemos hecho. Con la emoción del joder, qué bien me lo habéis hecho pasar. Con la esperanza del joder, la de cosas que nos quedan por hacer. Ocho años fuera de mi casa para aprender a perderle el miedo a no encontrar un sitio al que llamar hogar.

Tanta gente, tan importante, tantos días y tan lejos. Así es la vida, me dirán. Yo aún no me acostumbro a que llegue mi cumpleaños y mi madre no entre a mi habitación por la mañana para decirme una tontería que me dice siempre. Y es curioso porque no me gustan los cumpleaños, pero qué le voy a hacer, he tenido ocho años para practicar todas mis contradicciones.

¿Y ahora qué? Ahora nada. A esperar otros tantos años y otros tantos días; que llegue el recuento y alguien me pregunte y le diga “sí, tío, ya sé que aquí el mar no se puede concebir, pero es que a mí se me siguen perdiendo los bisiestos”.

 

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Las mejores vísceras del mundo

Tres. Falta uno de más de mil para que sean tres. Más de mil, se dice pronto, más pronto que tres, más tres que cualquier otro número. Se está bien, pero es cansado, como llenar de cera una botella del alcohol más barato que tengas.

Quién me lo iba a decir, que ahora somos tres, que hace no mucho me entraban ganas de salir a correr y que ya no tengo que llamar por teléfono cuando mis bolsillos huelen a moneda. Nos reímos.

Por lo menos yo sí que sé a qué sabe la salsa más picante del mundo y me pongo una camiseta que me queda grande por si algún día engordo, o por si se me olvida darle al botón del agua fría de la lavadora. Tres.

Si nos hacemos ricos, será a base de elegir los números que más nos jodieron. Ganamos. Nos dejó de importar contra quién estábamos perdiendo y ganamos. No te digo tres, pero casi. O sí, tres. Tampoco sé si es porque todas las camas se han vuelto incómodas o porque son mejores los cojines a medias que las almohadas por la mitad.

¿Y dónde habrán quedado todas esas canciones? Siguen ahí. Me jode más escuchar las que casi fueron que las que ya no son. Bailamos. Tres. Cantamos. Queda tan poco que ni siquiera da miedo. Donde antes había lágrimas ahora hay un tenedor manchado. Lo conseguimos. Y que sepas, que si me tatué los puntos suspensivos fue por si acaso.

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Mi 2014

Mi 2014 empezó dos meses tarde y al principio se lo pasó genial preguntando a los demás cómo se lo estaban pasando. Ya no se plantea a quién puede echar de menos e intenta aprender a cuidar a todas las personas que no se han querido ir.

Mi 2014 pide apuntes para tener una excusa por la que suspender, le da miedo ir a ver su película favorita y besa mientras hace un cursillo acelerado de beat box. Ha aprendido a lavar copas a nivel industrial y no es que ahora le queden mejor las camisas, es que nunca se atrevió a ponérselas.

Mi 2014 ha tenido su primer libro entre las manos, ha empezado a escribir su primera obra de teatro y ha recibido el mejor regalo del mundo. Ha confirmado que los ignoradores son los que más le quieren y que el mundo siempre es mejor si tienes con quien comentar tu programa de televisión favorito.

También se ha despedido de las paredes que le han visto cometer todos sus errores y ha encontrado un sitio en el que casi todo huele a que falte poco para acertar. Y se acierta, claro. Y se pintó de blanco y negro para poder tomar unos noodles junto a la voz de su chica favorita. Y ha probado el mejor kebap del mundo.

A mi 2014 le duele más el hombro cuando está solo que cuando está acompañado, ha sido el más violeta de todos, se ha vestido de gala para las fotos y el diploma y ha descubierto que las mejores playas tienen nombre de encurtido. Y también ha descubierto que nunca hay que dejar de tener cerca a alguien que consiga que salgas a correr.

Mi 2014 sabe a hamburguesas casi crudas, a pollo con facilidad para dormirse y a lavar los platos para tener razón cuando vayas a discutir.

Mi 2014 ha hecho una para cada uno de los doce del siguiente y ha encontrado trabajo y está convencido de que no había nadie mejor para ilustrar lo único que sabe hacer. En realidad, lo más importante de todo es que creo que mi 2014 se ha encontrado a sí mismo, y eso es algo que ninguno de los anteriores puede decir. Y que vengan muchos más.

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Polvo

Vuelvo a hablar de canciones porque se me da bien repetirme y justifico lo que hago porque se me da bien repetirme. Solo necesito una palabra por título para darme por aludido. Estamos hablando de los recuerdos que sirven para rascarse y de las clases de hacer como que vuelas.

Di que también es fácil hacer todo esto si tienes el pasado repleto de papel de burbujas, de dados que a veces sacan cinco y de un buen mantel. Aún no sé lo que es un buen mantel, pero estoy seguro de que algún día lo sabré. Y pensaré, anda mira, este es uno de los buenos. Para cuando llegue la época en la que no tenga que levantarme de la mesa en la que escribo para apagar la luz del salón. Que la de la cocina es mejor dejarla encendida, pero ese ya es otro tema. Como ahora, que desde que he cambiado el aceite por el agua no me apetece encender nada. Pasamos frío y se pone un jersey a medias para poder quedarse dormida mientras lee, porque puede quedarse dormida mientras intenta hacer de todo y yo hago como que no pienso en nada.

El caso es que noviembre me parece un mes insulso. En un par de semanas volveré a escribir sobre ella, pero ahora me apetece pensar en el color de la alfombra que me gustaría poner en mi habitación y que seguramente nunca me atreva a comprar. En fin, que son excusas, que puede que no sea tan bueno como lo de antes, pero vale con que sea tan necesario como todo lo demás.

No sé si ponerme guantes o seguir esperando a que me haga una visita. Las cortinas van a seguir midiendo lo mismo y me da cierto miedo, porque quizás, cuando empiece a hacer calor, ya no habrá nada que fabrique la noche. Y a ver cuándo leemos. Y a ver cómo dormimos. Y a ver dónde quisiste que nos quedáramos.

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Casi descalzos

Hace un año que lo patentamos y ahora he perdido la caja de herramientas para poder arreglar la silla blanca que suena tanto. Me imaginaba que iba a ser peor, vamos, fue peor, pero fue corto. Lo malo son las cosas malas que se alargan, como cuando te compras dos paquetes enteros de unas galletas que no sabías que no te gustaban.

Por supuesto que estoy hablando de una chica a la que ahora veo más guapa, pero que me gusta menos. Y puedo hablar de ella mientras corto los cables de una lampara que nunca he tenido muchas ganas de usar. Una lampara verde a la que le puedes regular la altura y que tiene unas poleas y un contrapeso para que no se caiga del todo.

Y eso, que puedo acariciar el gato de cualquiera, hasta me he planteado tener uno, pero a estos no les gustan. Se supone que vamos a tener tres peces, uno cada uno; dos ya tienen nombre y el tercero no sé si algún día lo tendrá. Si en el viaje no se rompe la pecera, claro.

Si se rompe, que se rompa y si a ti te apetece volver a equivocarte, equivócate. Ya lo siento, me molesta que suene la silla, pero en el fondo me encanta que se me hayan perdido las herramientas. Y regalaré la lámpara y me comeré las galletas y guardaré el nombre de mi pez para el próximo que llegue. Es que por supuesto que no lo hemos conseguido, pero tampoco hemos fracasado.

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Mudanza y vinagre

De siete, me quedo con los tres primeros. No me he dejado ningún mueble atrás y he comprobado que pesa más vaciar una estantería que cargarla hasta un tercer piso. Ya no tengo ninguna pared que me sirva de excusa, el reloj por fin tiene pilas y la ventana de madera vieja se ha transformado en unas cortinas casi interminables.

Y estoy contento, de verdad. Tengo ganas de empezar a estar muy bien, de comprobar que todo lo bueno que esperamos es mucho peor que lo que va a llegar. Creo que podemos hacerlo, de hecho creo que tenemos que hacerlo.

Pero que el salón está prácticamente igual, la cocina es más pequeña, pero mejor y el baño es una mierda. Todos los baños son una mierda. No me importa mucho.

Lo que quiero decir es que al cambiar hay que dejar muchas cosas atrás y yo he acumulado demasiado. Es duro decidir con qué quedarte y ver que eso que no te llevas pertenece a esas personas que se han ido. He aprendido que es una mierda que haya objetos que te recuerden a gente, pero es que los que he tirado a la basura son los que no me recuerdan a nadie. Me supongo que por algo será.

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Dejadnos temblar

Qué frío siempre en las manos, y dan igual los guantes y los bolsillos de los pantalones. Nadie nos vio golpeando la pared cuando fuimos felices. Porque, aunque ellos no lo sepan, nosotros derruimos muros cuando somos felices. O cuando nos dejan serlo, aún no lo tengo muy claro.

Dejemos que se sequen y que la habitación se llene del gas de un mechero que nadie nos ha querido robar. Puede que alguien se pregunte dónde está el humo y que ese alguien se llene de valor y diga en voz alta “Oye, ¿dónde está el humo?”. Y nadie le querrá contestar porque el humo ya se fue mucho antes de que la lluvia apagara la hoguera.

Eso sí, las manos siempre frías. Todos envolviéndose los pies con las mantas, pero ninguno se preocupa por las manos. Que luego no digan que no les avisamos, que no se pueden romper paredes con las manos frías y, si no derrumbas nada, no mereces ser feliz.

Y sin humo, claro. Y ellos dejando las tazas sin fregar, igual que yo. No se lo he dicho nunca a nadie, pero tengo tres tazas: una de una ciudad en la que no he estado, otra de una película que no he visto y otra de un café que no me gusta. Se me enfrían las manos cuando intento lavarlas y cuando lo hago me pregunto “¿dónde está el humo?”, pero no me atrevo a decirlo en alto. Nadie me escucha cuando me da miedo gritarlo y no sé qué hacer.

Así que no hago nada, solo cojo un mechero al que sí que se le ha acabado el gas. Todo se queda como estaba y todos se quedan como si no quisieran haber estado. Siempre es lo mismo. Todo es lo mismo. Las manos frías y las mantas sin doblar y la lluvia y las tazas sucias y los golpes en las paredes y los bolsillos de los pantalones y la hoguera que nadie supo volver a encender. ¿Y el humo? El humo nada, el humo ya da igual.

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Mi 2013

Mi 2013 empezó buscando a la chica del vestido rojo y va a acabar esperando que no le encuentre nadie. Ha compartido con un hermano la botella de Whisky irlandés que le regaló otro hermano.

Ha dormido con una chica a la que no le ha hecho el amor y quiso hacerle el amor  a una chica con la que aún no había dormido. Se emocionó cuando vio que su mejor amiga cumplía un sueño muy pequeño y se emocionó con el poema de un tío con un trastorno mental y se sigue emocionando cada vez que habla de su gente.

Mi 2013 podía haber tenido un nombre propio, podría ser el principio de todo, podría haber sido el “y a partir de entonces no necesité nada más”. A mi 2013 le hubiese encantado bajar las persianas todas las noches del año. Pero no lo consiguió. Consiguió leer más que nunca y ver más series que nunca y volver a ver las mismas películas de siempre.

Mi 2013 se tatuó tres puntos suspensivos y logró que le publicaran un relato con dos yogures de limón y uno de macedonia. Está orgulloso de toda la gente que está dispuesto a leerle y le acojona toda la gente que está dispuesto a leerle.

Mi 2013 me ha hecho ser mejor. Ha sido feliz solo por ver feliz a la gente que tiene cerca. Mi 2013 va a ser el primero de todos esos años que algún día diré que fueron la hostia. Y sigue manteniendo la esperanza de que alguien llame de madrugada y acaricie las sábanas que aún no se han acabado de secar.

En realidad, mi 2013 lo único que ha hecho es buscar excusas para no echarte de menos. Y ya ves que no lo ha conseguido. Y ya ves que ahora ya le da igual.

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Debajo de la historia de los tacones

En mi casa nunca hay nadie, no digo que esté solo, digo que nunca hay nadie. Me quedo aquí y pongo música y siempre acabo hablando de mí porque odio hablar del resto. Me intento inventar historias que sirvan de ejemplo para lo que quiero decir. Una metáfora que signifique mucho más de lo que podría significar. Y aún así me da igual porque al final no se lo enseño a nadie.

Escribo y escribo y lo dejo ahí y al final todos los textos son el mismo, y todas las mujeres son la misma, y la muerte nos separa, pero sigue siendo la misma mierda que nunca debería llegar a la vida de nadie.

Mira que sí, que te echo de menos, que me gustaría que estuvieras aquí para que te leyera esto en cuanto lo acabara de escribir. Porque mis mejores relatos son aún mejores cuando te los leía a ti. Ya ves, tanta soledad para poder inventarlo y tan poca compañía para poder hacerlo realidad.

Que sí, que me canso. Que siempre me acaba doliendo la espalda y mis hombros se contracturan y la tendinitis no creo que se me llegue a curar.

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Mi puto bicho

No sé nada de ella. No sé si se ha cortado el pelo o si se lo ha teñido o si lo tiene igual que siempre. No sé si sigue durmiéndose en cualquier lado, ni sé si sigue amenazando de muerte cuando habla dormida. No sé si al final viajó a Praga sin mí, si se fue a vivir unos meses a Inglaterra o si aprobó el examen de inglés que tenía que aprobar.

No sé cuál es el disco que pone mientras conduce, ni sé si sus converse rojas siguen siendo sus zapatillas favoritas. No sé si todavía se ducha con agua fría, ni sé qué le hubiera gustado regalarme un día que no fuese el de mi cumpleaños.

Tampoco sé si se ha atrevido a probar la carne picada, si sigue cenando fajitas de vez en cuando ni si ha podido disfrazarse de Gato de Chesire. No sé cuál de los niños a los que da clase es el que peor se porta, no sé si ya ha visto todos los capítulos de Cómo conocí a vuestra madre y tampoco sé si ha encontrado a alguien que le haga reír un poco más que yo.

No sé dónde está, no sé por qué no ha leído lo que me gustaría que leyera y no sé la de cosas nuevas que habría en mi habitación si ella hubiese venido más a mi habitación. No sé por qué escribo esto y no sé si tengo más miedo a que vuelva pronto o a que no vuelva nunca. Y no sé si me gustaría saberlo.

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