Archivo de la categoría: Koalas

Mi 2014

Mi 2014 empezó dos meses tarde y al principio se lo pasó genial preguntando a los demás cómo se lo estaban pasando. Ya no se plantea a quién puede echar de menos e intenta aprender a cuidar a todas las personas que no se han querido ir.

Mi 2014 pide apuntes para tener una excusa por la que suspender, le da miedo ir a ver su película favorita y besa mientras hace un cursillo acelerado de beat box. Ha aprendido a lavar copas a nivel industrial y no es que ahora le queden mejor las camisas, es que nunca se atrevió a ponérselas.

Mi 2014 ha tenido su primer libro entre las manos, ha empezado a escribir su primera obra de teatro y ha recibido el mejor regalo del mundo. Ha confirmado que los ignoradores son los que más le quieren y que el mundo siempre es mejor si tienes con quien comentar tu programa de televisión favorito.

También se ha despedido de las paredes que le han visto cometer todos sus errores y ha encontrado un sitio en el que casi todo huele a que falte poco para acertar. Y se acierta, claro. Y se pintó de blanco y negro para poder tomar unos noodles junto a la voz de su chica favorita. Y ha probado el mejor kebap del mundo.

A mi 2014 le duele más el hombro cuando está solo que cuando está acompañado, ha sido el más violeta de todos, se ha vestido de gala para las fotos y el diploma y ha descubierto que las mejores playas tienen nombre de encurtido. Y también ha descubierto que nunca hay que dejar de tener cerca a alguien que consiga que salgas a correr.

Mi 2014 sabe a hamburguesas casi crudas, a pollo con facilidad para dormirse y a lavar los platos para tener razón cuando vayas a discutir.

Mi 2014 ha hecho una para cada uno de los doce del siguiente y ha encontrado trabajo y está convencido de que no había nadie mejor para ilustrar lo único que sabe hacer. En realidad, lo más importante de todo es que creo que mi 2014 se ha encontrado a sí mismo, y eso es algo que ninguno de los anteriores puede decir. Y que vengan muchos más.

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Entonces sigue sin ser la palabra

Tengo un amigo que escribe bien. Él no sabe que ahora estoy escribiendo sobre él y yo no tengo ni idea de lo que voy a acabar diciendo. Pero sé que escribe bien y también sé que le quiero mucho, pero ese es otro tema. Mi amigo escribe bien y escribe tan bien que lo he repetido ya tres veces.

Lo que pasa es que el cabrón, el muy cabrón en realidad, ya no escribe. O escribe, pero ya no nos deja leerlo. Y me jode. La culpa la tiene él, por ser feliz. Más bien por tener a una persona a su lado que convierte sus vísceras en cosas que merecen la pena. Pero yo que sé, yo desde mi egoísmo quiero que vuelva a las historias de antes. Quiero que me hable como un elefante disléxico, quiero que me cuente las historias del pirata que ya ni recuerdo cómo se llama y quiero que nombre grupos de música que nadie conoce. Vamos, que haga lo que hacía antes, pero un poco mejor.

Porque que no se engañe, (y esto se lo estoy diciendo a él) ahora, con todo lo que ha leído, escribiría aún mejor. Yo dejo que decida. El resto no tenéis ni idea de lo que os estáis perdiendo. Hay muy pocas historias de estas que lo cambian todo cada vez que las lees, y él un día escribió una de esas y ganó un premio y todo. Y se lo gastó en llenar de alcohol las barrigas de todos los que tenía cerca.

Aquí se lo dejo. Que lo lea cuando quiera. Que escriba cuando le dé la gana. Ahora que no hablamos con toda la asiduidad con la que lo hacíamos antes, le suelto la piedra, el resto que lo haga la gravedad. Tenemos más barba, ya no nos duelen como antes y queremos infinitamente mejor. Y por supuesto que estaré aquí para cuando quiera volver.

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Una parte del discurso que nunca daré

Pero claro que he aprendido cosas. Ahora sé a qué sabe la impotencia cuando ves llorar sin consuelo a uno de tus mejores amigos y sé cómo se dan esos abrazos que no secan ninguna lágrima pero que pueden acabar en más de una sonrisa. He aprendido a desmontar muebles, a sacudir la ropa antes de tenderla y a echar el Nesquik antes que la leche.

He aprendido que es más fácil pintar sobre el papel de la pared que intentar arrancarlo. Me han enseñado que puedes rodearte de las escenas favoritas de tus películas favoritas; que los resultados de tu equipo de fútbol depende más del bar que del esfuerzo; que una caja de pizza puede ser el mejor cuadro que cuelgues en tu casa y que si levantaba mucho los brazos, se le acababa viendo el culo.

Unos años después sigo sin saber ganar, pero pierdo mejor. Tampoco sé despedirme, pero ya no le doy la bienvenida a cualquiera. Y me sigue gustando dormir acompañado, y eso sí que no pienso cambiarlo nunca. Y claro que he aprendido a emocionarme al ver cumplirse sueños ajenos, y claro que he aprendido a rodearme de gente que me ayude a cumplir los míos.

He conocido los ojos más bonitos del mundo, la boca más bonita del mundo, los escalofríos más largos del mundo. Ahora prefiero los sabores ácidos, las tostadas de aceite, los tés y las zanahorias.

Que es por ellos, que es gracias a ellas. Que no sé si podría haber aprendido más cosas, pero estoy convencido de que no las podría saber mejor. Volvería a conocerlos, a besarlas, a abrazar cuando no hay consuelo y a animar cuando lo conseguimos todo. Que sois la hostia.

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Mi 2013

Mi 2013 empezó buscando a la chica del vestido rojo y va a acabar esperando que no le encuentre nadie. Ha compartido con un hermano la botella de Whisky irlandés que le regaló otro hermano.

Ha dormido con una chica a la que no le ha hecho el amor y quiso hacerle el amor  a una chica con la que aún no había dormido. Se emocionó cuando vio que su mejor amiga cumplía un sueño muy pequeño y se emocionó con el poema de un tío con un trastorno mental y se sigue emocionando cada vez que habla de su gente.

Mi 2013 podía haber tenido un nombre propio, podría ser el principio de todo, podría haber sido el “y a partir de entonces no necesité nada más”. A mi 2013 le hubiese encantado bajar las persianas todas las noches del año. Pero no lo consiguió. Consiguió leer más que nunca y ver más series que nunca y volver a ver las mismas películas de siempre.

Mi 2013 se tatuó tres puntos suspensivos y logró que le publicaran un relato con dos yogures de limón y uno de macedonia. Está orgulloso de toda la gente que está dispuesto a leerle y le acojona toda la gente que está dispuesto a leerle.

Mi 2013 me ha hecho ser mejor. Ha sido feliz solo por ver feliz a la gente que tiene cerca. Mi 2013 va a ser el primero de todos esos años que algún día diré que fueron la hostia. Y sigue manteniendo la esperanza de que alguien llame de madrugada y acaricie las sábanas que aún no se han acabado de secar.

En realidad, mi 2013 lo único que ha hecho es buscar excusas para no echarte de menos. Y ya ves que no lo ha conseguido. Y ya ves que ahora ya le da igual.

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El barro es mejor que las estrellas

No es necesario estar triste para hablar de tristeza, ni ser feliz para poder contar chistes. Parece difícil de comprender, pero algunos estamos más cómodos removiendo mierda que mezclando colores. No es que seamos depresivos, es que aprovechamos lo malo para crear algo bueno.

Felices a nuestra forma, pero felices al fin y al cabo. Podemos hablar del sabor, la velocidad y la temperatura de unas lágrimas mientras sonreímos como si tuviéramos todos los dientes del mundo.

Es fácil de entender si sabes que nuestra canción favorita habla de una ciudad en la que nunca hemos estado; y que nuestro bar favorito tiene el nombre de una película que no hemos visto.

Pues eso, que nos rebozamos en el estiércol. Ampliamos lo malo para que parezca menos malo. Como cuando nos rapamos al quedarnos calvos, o nos comemos una hamburguesa para celebrar que hemos engordado varios kilos.

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Así es imposible perder

Conozco a un grupo de amigas que son la hostia. Podría apuntarme el tanto y decir que también son amigas mías y en parte puede que lo sean, pero creo que es mejor meterlas dentro de ese grupo de personas que pase lo que pase siempre me alegraré de saber que están bien. Esta gente que te puedes tirar años sin ver y que a la media hora todo esté como siempre. Pues eso que son la hostia.

Prácticamente cada una está en un país y aun así se ponen de acuerdo y llega el cumpleaños de una de ellas y se graban un vídeo felicitándola. Que sí, que es una chorrada, que personalmente yo aborrezco los cumpleaños; pero veo los vídeos y me emociono.

Me entristece ver cómo la vida separa a las personas, pero admiro que luchen contra ello. Puede que todo esté muy difícil, que sería mucho más cómodo hacer una llamada. Ellas no, se ponen de acuerdo y hacen el maldito vídeo con la peor calidad del mundo y a mí que, ni me va ni me viene, me hace sonreír más de lo que se pueden imaginar.

Porque sí, mira, parece que hacerse mayor consiste en que te intenten convencer de que el mundo es una mierda. Y puede que lo sea, pero ellas se esfuerzan en estar juntas, porque quizás juntas todo es menos malo. Vamos que el mundo será una mierda y la vida todo lo dura que te quieran contar, pero que a mí no me intenten convencer de que teniendo a determinadas personas cerca, todo esto no merece mucho la pena.

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No saben lo que se pierden ni lo que se van a encontrar

Empezaríamos a contar nuestros errores y llegaríamos a superar a todos sus aciertos. Hablo de nosotros contra el resto. hablo de lo perdedores que somos y las victorias que hemos conseguido.

Porque tan pronto nos declaramos un lunes por la mañana, como le aguantamos la borrachera estúpida a la exnovia de turno. Y lo hacemos con la camiseta llena de vómito y una caja llena de regalos debajo del hombro. Habrá quien se compadezca de nosotros, pero que lo hagan de ellas, que las consuelen a ellas.

No tenemos problema en pedir permiso para dormir con las dos tías más guapas de la ciudad y no nos importa que nos digan que no; llegaremos a casa y dormiremos con una amiga y no la rozaremos porque nosotros hacemos esas cosas.

Fundamos un grupo de música y lo único que hacemos es elegir el nombre. Sacamos el mejor disco del año y nos da pereza hacerle publicidad. Lo intentamos arreglar con un “te quiero” justo después de que pretendan echarnos de la discoteca. No sabemos hacerlo de otra forma, no vamos a querer hacerlo de otra forma.

Luego nos deja nuestra novia y nos tiramos un año sin besar a nadie. Y después de eso, nos enamoraremos de nuestra mejor amiga y estaremos cinco años suspirando por ella. Porque somos así, porque hacemos estas cosas. Porque nuestros mejores principios nos separan de su mierda de felicidad.

Y eso que algunos ni se conocen entre ellos. Pero nos une algo. La derrota de uno es la victoria de todos. Porque si quisiéramos ganar la partida, ya tendríamos la medalla entre nuestras manos. Nos gusta así. Nos gusta sin aplausos ni celebraciones. Nos gusta saber que, cuando queramos, se acaba el juego. Pero claro, no queremos.

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Se nos acaban las provisiones

¿Pero tú quién te piensas que eres? Vienes aquí y te crees que puedes manchar de barro lo que acabamos de limpiar. Pues mira, lo siento pero no. Si tenemos que ser aficionados a una suciedad será a la que trae la ceniza de todos los cigarros que fuman nuestras chicas favoritas.

Porque sí, las preferimos fumadoras. Las elegimos fanáticas de comidas que nosotros nunca osaríamos cocinar. Claro que tampoco nos atrevemos a pedirles el último chicle del paquete.

Por eso te digo que no sé a qué coño vienes tú aquí. Que si pretendes destrozar algo, puedes irte por donde has venido, que esto ya está derrumbado. Y nos gusta así, no te creas. Cuando descubres la belleza de los escombros, ya no te importan todos los edificios que aún siguen en pie.

Así que apártate y deja que pasen ellas. Traen papel de liar y bolsas con tabaco. Traen barro, pero no mancha. Y traen paquetes de chicles a punto de acabar. Vamos, que traen todo lo que algún día necesitaremos.

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