Archivo de la categoría: Ceniceros

La primera vez que pruebo la miel

De verdad que no me molesta. Si en su día no me alegraba poder serlo, hoy no me da pena no haberlo sido. No se puede cambiar tan rápido de las sillas a los silencios, de las piscinas de bolas a las faldas de rayas, de los nombre con premio a los castillos medievales.

¿Lo ves? Y otra vez lo mismo. Que he cambiado tanto que tengo la impresión de que no he cambiado nada. Busco un día de mala suerte para comprar unos billetes de avión y cruzo a través del espejo para alquilar el mismo coche de siempre. Pienso en su disfraz y me acuerdo más de mis contraseñas que de sus arrugas.

Ahora mando por correo lo que antes me callaba. Son las cartas más importantes de mi vida y estas me da igual que no me las contesten y estas no me cansa volver a escribirlas. Estoy a oscuras y tengo un sol encima. Me gusta esto. Me gustaría poder enseñar que es posible. Poder gritarle al mundo que da igual en qué minuto pierdas el partido porque nos quedan muchas finales por jugar. Y que puede que haya gente que siempre duela, pero siempre llega alguien que mejora lo que pensábamos que no se podía mejorar. Por eso yo ahora soy más de puertas que de panfletos, más de paraísos que de enanos, más de brujas de la suerte que de gatos de la suerte.

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La cena

Creo que no lo entiendo, o que no me entiendo, o que no quiero entendernos. Me gusta que para ti nunca haya suficientes sobres de ketchup y no sé qué te parecerá a ti que me moleste tener que apurar hasta el final los botes de mayonesa. Y eso que me sale mejor la segunda que el primero, claro que la he hecho más veces y claro que del primero la primera me salió mejor. Lo dicho, que no me entiendo.

Que es un debate al que estoy acostumbrado, vivo dudando si nombrar a Jesse Pinkman y que le guste a demasiada gente, o hablar de Woody Grant y que no me haga caso nadie. Habrá algún término medio, pero tengo un amigo que me pegaría un puñetazo si me viera andarme con medias tintas. Acabaré haciendo lo que me dé la gana, y eso que desde hace unos meses no hay nada que me dé la gana en donde no aparezcas tú.

Suena bonito ¿eh? Porque es bonito, como descubrir que hasta los cojines tienen su sitio. Y acojona, como que ya no me da pereza levantarme a apagar la luz de la cocina.

Bueno, que hay días que no son el mejor día del mundo y noches que tampoco son el mejor día del mundo. Menos mal, porque hay días que estamos tan aburridos que se nos quitan las ganas de dormir. Cuando pasa nos da por contar dragones y si se nos acaban, nos quedan los caramelos de menta, que se les parecen, pero no son lo mismo. Ni somos los mismos, y menos mal. Me imagino cómo hubiera sido si no hubiéramos sido y no me gusta o, al menos, no me gusta tanto como que mi pendiente huela a tu vela favorita.

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Mi 2014

Mi 2014 empezó dos meses tarde y al principio se lo pasó genial preguntando a los demás cómo se lo estaban pasando. Ya no se plantea a quién puede echar de menos e intenta aprender a cuidar a todas las personas que no se han querido ir.

Mi 2014 pide apuntes para tener una excusa por la que suspender, le da miedo ir a ver su película favorita y besa mientras hace un cursillo acelerado de beat box. Ha aprendido a lavar copas a nivel industrial y no es que ahora le queden mejor las camisas, es que nunca se atrevió a ponérselas.

Mi 2014 ha tenido su primer libro entre las manos, ha empezado a escribir su primera obra de teatro y ha recibido el mejor regalo del mundo. Ha confirmado que los ignoradores son los que más le quieren y que el mundo siempre es mejor si tienes con quien comentar tu programa de televisión favorito.

También se ha despedido de las paredes que le han visto cometer todos sus errores y ha encontrado un sitio en el que casi todo huele a que falte poco para acertar. Y se acierta, claro. Y se pintó de blanco y negro para poder tomar unos noodles junto a la voz de su chica favorita. Y ha probado el mejor kebap del mundo.

A mi 2014 le duele más el hombro cuando está solo que cuando está acompañado, ha sido el más violeta de todos, se ha vestido de gala para las fotos y el diploma y ha descubierto que las mejores playas tienen nombre de encurtido. Y también ha descubierto que nunca hay que dejar de tener cerca a alguien que consiga que salgas a correr.

Mi 2014 sabe a hamburguesas casi crudas, a pollo con facilidad para dormirse y a lavar los platos para tener razón cuando vayas a discutir.

Mi 2014 ha hecho una para cada uno de los doce del siguiente y ha encontrado trabajo y está convencido de que no había nadie mejor para ilustrar lo único que sabe hacer. En realidad, lo más importante de todo es que creo que mi 2014 se ha encontrado a sí mismo, y eso es algo que ninguno de los anteriores puede decir. Y que vengan muchos más.

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Pásame los alicates

Ahora sé muchas cosas. Sé que ha cambiado el azul por el naranja y que no ha aprendido a dibujar mejor. Sé que le gustaría el penúltimo jersey que me compré, que no perdió su mochila de cuero y que se cortó el pelo, pero tampoco mucho.

He descubierto que no era tan única como yo me pensaba, que su serie favorita sigue siendo peor que mi serie favorita, que hay gente que duerme mejor y que hay chicas que ríen más. Sé que leyó lo que quería que leyera y que no quiere yo sepa que lo ha leído. Supongo que es feliz y diría que me alegro por ello, pero lo cierto es que me da igual. Y es que a mí me gustan más los gatos de plástico que las espadas japones. Pero allá cada uno.

Sé cuál es el nombre que grita cada vez que oye ladrar. Sé que ya no es lo que era. Sé que ya no soy lo que fui. Estoy convencido de que ahora nos llevaríamos mucho mejor y me juego el cuello a que algún día se arrepentirá. Me jode no ser capaz de saber cuándo acabará todo esto, pero me alegra saber que puedo vivir sin que acabe.

Ahora sé que no la necesito. Sé que podríamos haber sido los mejores, pero yo no me atreví a serlo. Me imagino que ahora habrá alguien que le hace reír más que yo; y bien, yo ahora sé hacer reír a otra persona. Y me da igual no tener a quien insistir con lo de la carne picada, porque hay a quien le he descubierto la mostaza.

Ya no necesito a nadie para que me gusten las cosas que hay en mi habitación. Ya no tengo nada que decirle. Que sí, que me gustaría que nos volviéramos a conocer. Pero ya no me da pena que te hayas ido y ya no me da miedo que algún día puedas venir.

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Toda la vida sin hablarnos

En el fondo sé que lo habría hecho mejor. No digo diferente, digo de la misma manera, pero mucho mejor. Porque hay masajes buenos y masajes que se ríen de la mayoría de los orgasmos. Pues eso, victorias mejores que orgasmos. Colores de pintalabios que pegan con el color de mis paredes.

Si me atreviese a preguntar, tendría respuestas para todo. Y no tendrías que haber cambiado para ser lo que algún día llegaste a odiar. Nunca he evitado los cambios, pero que no sé, que me gustan más las sudaderas con letras en el pecho que las camisetas con números a la espalda. A lo mejor es porque todavía recuerdo los abrazos hasta que dejabas de llorar, o hasta que empezabas a hacerlo.

No lo dije en su día, y si lo escribo ahora es para que no se entienda, usé las pilas de mi reloj favorito para ponérselas al mando de una televisión que solo echa las peores películas del mundo. Quiero decir, podrían ser buenas películas, pero al lado de la compañía equivocada. Claro que desde entonces nunca he querido ver ninguna serie con nadie. Prefiero no hacer planes a dejar series a medias.

Pero vamos, que yo he aprendido a dormir sin que me duela nada y  tú has aprendido a no llorar a pesar de que te duele todo. Creo que es malo porque parece demasiado bueno. En tan difícil odiar algo que no sabemos que nos está matando… A lo mejor es eso, a lo mejor es que nos gusta seguir muriendo. A lo mejor es que ya estamos muertos.

O quizás, lo que pasa es que tú crees que estás bien y yo sé que podríamos estar mejor.  La culpa es mía por no pedir una oportunidad que no he sabido si me la ibas a dar. No me jode lo que no ha sido, me jode lo que dejo de ser. Porque ahora con ella sería el tío más feliz del mundo. Pero claro, antes no es ahora; y ahora ella ya no es ella.

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Yo no soy muy listo

A veces me da por pensar cosas estúpidas, como ahora, que me apetece enamorarme de una chica pelirroja. Y eso que no conozco a ninguna chica pelirroja. Y eso que tengo mejores colores a los que enamorar. Pero que también me pasaba antes, ayer me dio por recordar aquel mes en el que mi mayor preocupación fue elegir entre jugarme la primavera por tenerte delante o ser un poeta y que la primavera no exista.

También hago cosas estúpidas, como llenar de jabón el suelo de la bañera y que resbale como una pista de patinaje sobre hielo. Nunca me ha dado miedo resbalarme, ni el hielo que se transforma en espuma, ni las chicas pelirrojas dentro de una bañera.

Son cosas estúpidas; mis cosas estúpidas, en realidad. Acumular vasos de agua encima de la mesa, crujirme el cuello aunque me acabe doliendo y darle una patada al suelo para que mi serie favorita se vea mejor. No me importa que los cables se queden desenrollados o que no pueda acumular muchas fotos de los últimos siete años porque nunca me las hice.

Y en algunas ocasiones escribo cosas estúpidas. Y me busco excusas para decirte que aún pienso en ti. Como cuando me invento todo esto para decirte que sí, que casi siempre dormías feo, pero que me daba igual. Que ojalá volvieras a dormir feo a mi lado y que ojalá me siguiera dando igual.

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Matrioska

Si es que no se me puede dejar solo, que luego abro los álbumes por las fotos menos recomendables y busco entre las cajas cosas que no sabía que podía encontrar. Y eso que estaba intentando ordenar la habitación. He tirado muchas cosas, no creas; los cubos de rubik, el muñeco del enano y la cosa esa que salta a la que se le ha borrado la cara feliz. La figura del Gato Félix y la bola hecha con gomas las he dejado. No sé, me gustan lo suficiente como para que sigan por aquí.

Y tampoco me importa que me recuerden que se ha puesto de moda mi rincón favorito de Madrid o que soy el campeón mundial de ser incapaz de hacer cualquier cosa. Ninguna princesa se mereció que nadie se esforzara en darle los buenos días y ya no creo que suelte un “vale” después de oír una lista detallada de todos los defectos de alguien. Ni me llevaré de recuerdo el instrumento musical favorito de otro, ni conseguiré que llueva, ni me bastarán algo más de cien segundos para organizar la mejor cita de la historia.

Pero que está todo bien, pensaba que iba a ser peor. Sigo sin creer en banderas, pero ya no quedan espaldas por conquistar. A veces toca elegir entre la lava y los decibelios, y a mí me apetece jugar a buscar cosas en mi habitación como si fuera un detective.

En el fondo agradezco que se jodiera todo y que en realidad aún se siga tambaleando. Son peores los terremotos que pillan por sorpresa y ya sabes que yo estoy muy acostumbrado a temblar. Que ya sé que puede ser difícil, pero no me apetece planteármelo. Sigamos así, jugando a ser sonámbulos que no saben de lo que hablan y organizando viajes a medias a algún país soviético.

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La parte izquierda de mi cama

Ya sé que siempre es lo mismo, que siempre hablo de lo mismo. He aprendido a aceptarlo. He aprendido que de vez en cuando me da por buscarte para saber cuánto has cambiado. Luego no te encuentro y supongo que es porque has cambiado tanto que ya ni siquiera soy capaz de saber quién eres.

Que sí, que me repito, que no hace falta que me lo diga nadie. Pero es que mi vida es así, hasta nuevo aviso vas a aparecer por aquí más de lo que me gustaría y un poco menos de lo que puedo soportar. No dueles, pero estás. No vienes, pero tampoco soy capaz de echarte.

Es eso, que, cuando no escribo lo que quiero, escribo sobre ti, que ya no te quiero, pero casi. Y he intentado hablar de otras, hasta llevo guardando más de un mes un regalo para una chica que hace tiempo que dejó de merecerse desenvolver nada. Eso sí, no le he puesto ningún lazo como tampoco hacía con los tuyos.

En fin, que yo que sé. Que ahora duermo bien y todas esas mierdas que me digo para pensar que todo está mejor, y puede que lo esté, no creas. Pero es que me acuerdo de cuando me dolía el hombro cada vez que venías aquí a dormir y, no sé, era la hostia.

Espero que no me leas y espero que nadie venga a decirme que todo se pasará, que vendrá otra, que seré feliz. Todo eso ya lo sé. Ya sé que seré feliz, de hecho ahora casi lo soy del todo. Claro que en ese casi caben tantas cosas que al final acabo haciendo lo mismo, esto de hablar de ti para volver a contarme a mí mismo lo que ya sé. Para volver a pensar que fui un idiota al dejarte marchar sin darme cuenta de que fui yo el que se quiso ir.

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Mañana como solo

Prefiero así. Prefiero tarde y mal antes que pronto y bien. Pero me da igual, vamos no me da igual pero voy a insistir en que no me importa porque siempre se me ha dado bien no hacerlo bien. Y eso que no sé qué hacer cuando llega el frío. Ni qué hacer cuando es demasiado tarde para hacer la cama. Ni qué hacer cuando no hay nadie que te diga qué es lo que no puedes hacer.

Ayer soñé con ella y con el novio que me he inventado que tiene. Y me di cuenta de que es más feliz con otro en mis sueños que conmigo en sus realidades. Diría que me jode, pero no me jode. Y diría que no me importa, pero sí que me importa.

Porque hay veces que eliges y otras que no. Hay veces que eliges ver cómo un amigo fuma un cigarro antes de besar a una chica que ha elegido dejar de besarte a ti. Y otras veces se te estropean los auriculares y tienes que escuchar cosas que nunca hubieses querido oír. No sé tú, pero yo no necesito preguntar si me quieren para saber si me quieren de verdad. Y tampoco necesito que me dejes de llamar para saber que te has olvidado de mí.

Que me hubiese gustado que me quitaras la razón cuando pienso que todo sería mejor sin ti. Ahora tengo la razón y no te tengo a ti y podría decir que así es mejor, pero no es mejor. Y ojalá que te importase, pero es que no te importa.

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Mi 2013

Mi 2013 empezó buscando a la chica del vestido rojo y va a acabar esperando que no le encuentre nadie. Ha compartido con un hermano la botella de Whisky irlandés que le regaló otro hermano.

Ha dormido con una chica a la que no le ha hecho el amor y quiso hacerle el amor  a una chica con la que aún no había dormido. Se emocionó cuando vio que su mejor amiga cumplía un sueño muy pequeño y se emocionó con el poema de un tío con un trastorno mental y se sigue emocionando cada vez que habla de su gente.

Mi 2013 podía haber tenido un nombre propio, podría ser el principio de todo, podría haber sido el “y a partir de entonces no necesité nada más”. A mi 2013 le hubiese encantado bajar las persianas todas las noches del año. Pero no lo consiguió. Consiguió leer más que nunca y ver más series que nunca y volver a ver las mismas películas de siempre.

Mi 2013 se tatuó tres puntos suspensivos y logró que le publicaran un relato con dos yogures de limón y uno de macedonia. Está orgulloso de toda la gente que está dispuesto a leerle y le acojona toda la gente que está dispuesto a leerle.

Mi 2013 me ha hecho ser mejor. Ha sido feliz solo por ver feliz a la gente que tiene cerca. Mi 2013 va a ser el primero de todos esos años que algún día diré que fueron la hostia. Y sigue manteniendo la esperanza de que alguien llame de madrugada y acaricie las sábanas que aún no se han acabado de secar.

En realidad, mi 2013 lo único que ha hecho es buscar excusas para no echarte de menos. Y ya ves que no lo ha conseguido. Y ya ves que ahora ya le da igual.

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