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La pegatina del casco amarillo

Hay cosas que no entiendo, como lo de que las avellanas me parezcan insulsas, pero que el sabor a avellana sea de mis favoritos. Como que aborrezco las fresas, pero me gusta el sabor a fresa. Como que me gusta leer los peores libros de mi escritor favorito.

He parado porque me apetecía chocolate y si acaba sabiendo al queso más fuerte del mundo es que entonces hemos acertado.

Quería decirte que ya no me da miedo volver a ver mi serie favorita. Quería que supieras que cada día me apetece más seguir viendo contigo mi serie favorita. Quería aprender a no decirte que me hace ilusión que aparezcan pelos azules entre mi ropa cuando hago la colada.

No sé por qué pero escribo “colada” y me acuerdo de Macaulay Culkin en Solo en casa volviendo del supermercado cargado de bolsas. Esa también me la apunto, no es de mis favoritas, pero me apetece verla contigo.

Seguiré sin entenderlo, pero tengo claro que prefiero la gente que intenta dejar de hacerlo mal a la gente que siempre lo ha hecho bien. Me dan un miedo los que nunca se equivocan… Y que conste que hace tiempo que no regalo unos puntos suspensivos, pero aquí están, como lo de que ya nunca aceptaré a alguien que no le guste el ketchup o como lo de que tengo que admitir que me hace ilusión estar ilusionado.

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Trapo y saliva

Tengo una lista de regalos que nunca he hecho, también tengo una lista de tatuajes que me da miedo que me gusten y de masajes que no he dado y de viajes que se me han quitado las ganas de hacer. Lo importante son los regalos.

Folios y tinta de impresora para construir a los personajes de sus películas favoritas. Y pegamento. Y aprendí a cortar la cuchilla del cúter para que funcionara mejor. Ya ves, cortar una cuchilla para que pueda cortar mejor.

Un par de hamburguesas que no soy capaz de imaginar a qué huelen, pero creo que soy capaz de recordar a qué saben. Las dos columnas que hacían falta en su habitación para colgar la hamaca. La manta que me acabaron regalando a mí y una almohada casi tan buena como la que ya tenía.

El póster enmarcado. Un rallador de queso. El gorro de lana que nunca me apeteció aprender a coser. Y la pared de pizarra que íbamos a poner en nuestra casa, pero ese regalo me lo haré a mí. Será mi victoria, como la de la piscina de bolas que casi conseguimos.

Me iba a inventar unos cuantos más, pero creo que no merece la pena que se me ocurran. No hay mejor vago que el que no quiere hacer. Ni intentando enfadarme consigo ponerme triste, ni preguntándome por ti consiguen ponerme triste.

Es como que sí, que quería venir y recordarte y decirme “mira todo lo que no hiciste”. Y es que ni me acordaba; no sé de que me tengo que arrepentir porque ya ni me arrepiento. Y no sé si habrá alguien que esté de acuerdo, pero a mí nadie me va a convencer de que dejar de arrepentirte de un error no cuente como acierto.

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Mi 2014

Mi 2014 empezó dos meses tarde y al principio se lo pasó genial preguntando a los demás cómo se lo estaban pasando. Ya no se plantea a quién puede echar de menos e intenta aprender a cuidar a todas las personas que no se han querido ir.

Mi 2014 pide apuntes para tener una excusa por la que suspender, le da miedo ir a ver su película favorita y besa mientras hace un cursillo acelerado de beat box. Ha aprendido a lavar copas a nivel industrial y no es que ahora le queden mejor las camisas, es que nunca se atrevió a ponérselas.

Mi 2014 ha tenido su primer libro entre las manos, ha empezado a escribir su primera obra de teatro y ha recibido el mejor regalo del mundo. Ha confirmado que los ignoradores son los que más le quieren y que el mundo siempre es mejor si tienes con quien comentar tu programa de televisión favorito.

También se ha despedido de las paredes que le han visto cometer todos sus errores y ha encontrado un sitio en el que casi todo huele a que falte poco para acertar. Y se acierta, claro. Y se pintó de blanco y negro para poder tomar unos noodles junto a la voz de su chica favorita. Y ha probado el mejor kebap del mundo.

A mi 2014 le duele más el hombro cuando está solo que cuando está acompañado, ha sido el más violeta de todos, se ha vestido de gala para las fotos y el diploma y ha descubierto que las mejores playas tienen nombre de encurtido. Y también ha descubierto que nunca hay que dejar de tener cerca a alguien que consiga que salgas a correr.

Mi 2014 sabe a hamburguesas casi crudas, a pollo con facilidad para dormirse y a lavar los platos para tener razón cuando vayas a discutir.

Mi 2014 ha hecho una para cada uno de los doce del siguiente y ha encontrado trabajo y está convencido de que no había nadie mejor para ilustrar lo único que sabe hacer. En realidad, lo más importante de todo es que creo que mi 2014 se ha encontrado a sí mismo, y eso es algo que ninguno de los anteriores puede decir. Y que vengan muchos más.

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Tijeras para zurdos

Demasiado tarde siempre será peor que demasiado pronto. Porque lo tarde pudo haber sido, pero lo pronto no tendría por qué ser. Es que hay veces que tenemos que aceptar que nuestra canción favorita no es la mejor de todas o que por mucho que escuchemos la mejor canción del mundo nunca se va a convertir en nuestra favorita.

Por eso creo que recordar solo lo bueno es una mierda, porque es difícil aceptar el final de algo si no nos acordamos por qué tenía que acabar. Pero tenía que acabar. Quizás no así, quizás no tan lejos, quizás no con tanto frío. Que solo hablo de oídas, que lo de agarrar nieve en la cima de un volcán solo lo he visto por foto. Una foto bonita, por otro lado. De las que me gustaría haber hecho a mí, con la cámara que nunca me compré y a la chica que ya ni recuerdo cómo se desnuda.

Luego también existen ocasiones en las que hay que perder el miedo a agarrar un cactus para poder escribir una lista de cosas que a nadie le importan. O cortar por lo sano. O atreverte a contar que vas a cumplir un sueño, que tú pones los textos y otra las ilustraciones, que la portada es la hostia y qué pena que ella no lo va a leer.

Las dudas llegan y con suerte no se irán. Porque dudar merece la pena, porque si estuviéramos seguros, no lo haríamos. O sí que lo haríamos, pero un poco peor. Dudar y tener miedo y cumplir sueños. Andar en bici hasta que se nos olvide dónde nos la robaron y hacernos un horario para empezar a correr. Y cuando nos pregunten que cómo lo hicimos no contestaremos nada, porque no sabremos qué contestar.

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Tú en su calle y yo en mi cama

Lo siento, no soy de esas personas que tienen calle. No tengo don de gentes ni le voy a caer bien a todos tus amigos cuando me conozcan. Si hay mucha gente, lo más seguro es que esté callado o que ni siquiera vaya, y si hay pocos lo más probable es que les caiga mal. No se me da bien hacerme el simpático.

Puedo parecer abierto y abrumarte con toda mi labia pero de verdad que no sabré hablar de mí. Me quedaré dentro de mi introversión, esconderé mi timidez con esa aparente seguridad mentirosa. Por eso me tiembla el pulso, por eso me aparto al rincón de los que veo que son como yo.

Eso sí, calle no tendré, pero lo que tengo es mucha habitación. Tengo acumuladas horas de películas y libros, tengo historias que me he imaginado y conversaciones que no sabías que se podían tener. Un día hice los cálculos con un amigo, tengo guardados unos tres años ininterrumpidos de conversación, podría hablarte durante más de mil días y ni siquiera te empezarías a aburrir. Y sé hacerte reír de más formas de las que tus dientes puedan soportar.

Que no les voy a caer bien a todos tus amigos a la primera, pero me cogerán cariño en cuanto me conozcan un poco. Ese es el problema, el de parecer lo que no se es. Lo bueno es cuando es para bien, lo malo es cuando os conformáis con los que son para mal.

Pero entiendo que no te atrevas. Sé que da miedo que alguien pueda tener todo lo que necesites. Fíjate, a mí me da miedo hacerme ilusiones con alguien que ni siquiera sé sí algún día le va a dar por existir.

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Mi 2013

Mi 2013 empezó buscando a la chica del vestido rojo y va a acabar esperando que no le encuentre nadie. Ha compartido con un hermano la botella de Whisky irlandés que le regaló otro hermano.

Ha dormido con una chica a la que no le ha hecho el amor y quiso hacerle el amor  a una chica con la que aún no había dormido. Se emocionó cuando vio que su mejor amiga cumplía un sueño muy pequeño y se emocionó con el poema de un tío con un trastorno mental y se sigue emocionando cada vez que habla de su gente.

Mi 2013 podía haber tenido un nombre propio, podría ser el principio de todo, podría haber sido el “y a partir de entonces no necesité nada más”. A mi 2013 le hubiese encantado bajar las persianas todas las noches del año. Pero no lo consiguió. Consiguió leer más que nunca y ver más series que nunca y volver a ver las mismas películas de siempre.

Mi 2013 se tatuó tres puntos suspensivos y logró que le publicaran un relato con dos yogures de limón y uno de macedonia. Está orgulloso de toda la gente que está dispuesto a leerle y le acojona toda la gente que está dispuesto a leerle.

Mi 2013 me ha hecho ser mejor. Ha sido feliz solo por ver feliz a la gente que tiene cerca. Mi 2013 va a ser el primero de todos esos años que algún día diré que fueron la hostia. Y sigue manteniendo la esperanza de que alguien llame de madrugada y acaricie las sábanas que aún no se han acabado de secar.

En realidad, mi 2013 lo único que ha hecho es buscar excusas para no echarte de menos. Y ya ves que no lo ha conseguido. Y ya ves que ahora ya le da igual.

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Que no lo entiendan, que no hace falta

Así, de ese color, del de los Simpson, el de mi maleta grande, el de las baldosas del camino. Dejando un buen olor en un sitio en el que nunca había olido a nada. Y que suene a canciones fáciles de olvidar.

Todo muy cómodo para estar tumbado, pero no para dormir. Nada de dormir, ni de cerrar los ojos; solo doblar almohadas que nunca consiguieron enfriarse del todo.

Y coger un taxi y que la ciudad favorita de alguien nos cree la mayor de las indiferencias. O que un tiburón le arranque la pierna a alguien que nunca tuvo ganas de correr. La balanza se equilibraría, como cuando juntas una piruleta roja y un chicle de clorofila.

La de lunares que nos quedaron por contar y la de ropa interior que no supimos perder. Y perdimos apuestas y manchamos el sofá y ninguno aprendió a hacer salmorejo.

Nadie olvidó cómo reírse, ni nadie dejó sin despegar la pegatina de su cerveza. Hubo quien vio a una locomotora volando, pero era mentira. Todo sabía a pizza, en realidad. Eso sí, muchos periódicos impresos pero ninguna página sin pasar.

Posando para una foto que nadie quiso que saliera en blanco y negro. Y joder, qué putas ganas tenía de hacer que fuesen felices todas.

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Más desnudo que sin ropa

Si en el fondo soy un cobarde. Mucho hablar de amor, muchos textos bonitos que a muchas les gustaría que les escribiesen. Mucho sentimiento y mucha rabia. Y la nostalgia claro; la nostalgia por bandera, como si tuviera la necesidad de sufrir para sentirme vivo.

Pero que va, soy un cobarde. Un mierda que no se atreve a conseguir lo que quiere por si no lo logra o, lo que es peor, por si luego lo pierde.

Por eso prefiero las chicas con novio, porque son imposibles. Porque si las consigo siempre me puedo decir que también me lo van a hacer a mí, y desconfiar de ellas. Es su culpa, no la mía. Claro, es más fácil sufrir por lo que no se puede, que por lo que no te atreves.

Por eso la chica que más me gusta no tiene ni idea de todo lo que me gusta. Por eso llevo ocho meses sin hablar con la mujer más importante que ha habido en mi vida. Por eso me alejo cuando todo es demasiado bueno, cuando lo que parece que deseo se puede hacer realidad.

Así quién va a esperar nada de mí. Nadie supongo. A veces da la impresión de que sé hablar tanto de estas cosas, que voy a ser el puto amo cuando las viva. Pero que va, ni siquiera me atrevo a vivirlas. Estoy bien aquí, culpándome por lo que no hice, acojonado por lo que algún día me cansaré de querer hacer.

Hace tiempo una amiga me dijo que le tengo miedo al compromiso y puede que sea verdad. Pero creo que en realidad me tengo miedo a mi mismo. A cometer los mismos errores de siempre. A tener la oportunidad de ser feliz y solo imaginarme qué pasará cuando deje de serlo.

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Y que sepa jugar al Catán

A veces pienso en cómo será la mujer perfecta para mí. Me imagino, por ejemplo, que la conoceré disfrazada de un dibujo animado de una serie infantil o de una de esas películas que he visto tantas veces, que son más reales que muchos de mis recuerdos. Ella bailará porque le encanta bailar y se enfadará conmigo porque yo no bailo tanto ni tan bien como ella.

Tendrá un piercing en la nariz o en la lengua o en los labios. Y si lo tiene en la lengua o en los labios me besará con él y de vez en cuando se lo quitará, no para besarme mejor, pero sí para besarme diferente. Dudará si quitárselo y me preguntará si ya es hora y yo le diré que no, que se lo deje, que me gusta que se lo quite solo para besarme diferente.

Se hará coleta y yo le diré que está más guapa con el pelo suelto, pero a ella le dará igual; estará guapa de todas formas. Así hasta llegar al punto en el que memorice su cara y no sepa si ha dejado de ser la más guapa del mundo y, por supuesto, me dé igual. También memorizaré sus lunares y sus tipos de risa y los movimientos que haga justo antes de tener un orgasmo.

Le gustará que escriba y comprenderá que no escriba sobre ella porque sabrá que de las importantes solo lo hago cuando se marchan, no cuando están. Le gustará que le lea lo que escribo y me dirá que en esos momentos es cuando más le gusta mi voz.

Preferirá dormir conmigo a dormir sola y le costará muy poco conciliar el sueño. Se dormirá en cualquier momento, viendo la televisión o hablando conmigo por teléfono y no me molestará porque será graciosa al despertarse. Sabrá que siempre me han gustado las mujeres sin tacones y que me importa más la voz que el color de los ojos. Yo la enamoraré haciéndole reír y ella me enamorará con su risa.

No compartirá muchos de mis gustos. No necesito que le gusten las mismas películas que a mí, de hecho, me encantaría que fuese una de esas personas que odia el cine, como Holden Cauldfield. Me enseñará cosas que no sé y comerá sin miedo a mancharse y le dará miedo encender los fuegos de mi cocina.

Aunque supongo que, en realidad, lo que necesito es una que no cumpla nada de esto, una que venga y me diga “Óscar eres idiota, no existe alguien perfecto para ti”. Y que ella no sea la perfecta, pero sí la mejor de todas.

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El barro es mejor que las estrellas

No es necesario estar triste para hablar de tristeza, ni ser feliz para poder contar chistes. Parece difícil de comprender, pero algunos estamos más cómodos removiendo mierda que mezclando colores. No es que seamos depresivos, es que aprovechamos lo malo para crear algo bueno.

Felices a nuestra forma, pero felices al fin y al cabo. Podemos hablar del sabor, la velocidad y la temperatura de unas lágrimas mientras sonreímos como si tuviéramos todos los dientes del mundo.

Es fácil de entender si sabes que nuestra canción favorita habla de una ciudad en la que nunca hemos estado; y que nuestro bar favorito tiene el nombre de una película que no hemos visto.

Pues eso, que nos rebozamos en el estiércol. Ampliamos lo malo para que parezca menos malo. Como cuando nos rapamos al quedarnos calvos, o nos comemos una hamburguesa para celebrar que hemos engordado varios kilos.

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