La primera vez que pruebo la miel

De verdad que no me molesta. Si en su día no me alegraba poder serlo, hoy no me da pena no haberlo sido. No se puede cambiar tan rápido de las sillas a los silencios, de las piscinas de bolas a las faldas de rayas, de los nombre con premio a los castillos medievales.

¿Lo ves? Y otra vez lo mismo. Que he cambiado tanto que tengo la impresión de que no he cambiado nada. Busco un día de mala suerte para comprar unos billetes de avión y cruzo a través del espejo para alquilar el mismo coche de siempre. Pienso en su disfraz y me acuerdo más de mis contraseñas que de sus arrugas.

Ahora mando por correo lo que antes me callaba. Son las cartas más importantes de mi vida y estas me da igual que no me las contesten y estas no me cansa volver a escribirlas. Estoy a oscuras y tengo un sol encima. Me gusta esto. Me gustaría poder enseñar que es posible. Poder gritarle al mundo que da igual en qué minuto pierdas el partido porque nos quedan muchas finales por jugar. Y que puede que haya gente que siempre duela, pero siempre llega alguien que mejora lo que pensábamos que no se podía mejorar. Por eso yo ahora soy más de puertas que de panfletos, más de paraísos que de enanos, más de brujas de la suerte que de gatos de la suerte.

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