Archivo mensual: diciembre 2014

Mi 2014

Mi 2014 empezó dos meses tarde y al principio se lo pasó genial preguntando a los demás cómo se lo estaban pasando. Ya no se plantea a quién puede echar de menos e intenta aprender a cuidar a todas las personas que no se han querido ir.

Mi 2014 pide apuntes para tener una excusa por la que suspender, le da miedo ir a ver su película favorita y besa mientras hace un cursillo acelerado de beat box. Ha aprendido a lavar copas a nivel industrial y no es que ahora le queden mejor las camisas, es que nunca se atrevió a ponérselas.

Mi 2014 ha tenido su primer libro entre las manos, ha empezado a escribir su primera obra de teatro y ha recibido el mejor regalo del mundo. Ha confirmado que los ignoradores son los que más le quieren y que el mundo siempre es mejor si tienes con quien comentar tu programa de televisión favorito.

También se ha despedido de las paredes que le han visto cometer todos sus errores y ha encontrado un sitio en el que casi todo huele a que falte poco para acertar. Y se acierta, claro. Y se pintó de blanco y negro para poder tomar unos noodles junto a la voz de su chica favorita. Y ha probado el mejor kebap del mundo.

A mi 2014 le duele más el hombro cuando está solo que cuando está acompañado, ha sido el más violeta de todos, se ha vestido de gala para las fotos y el diploma y ha descubierto que las mejores playas tienen nombre de encurtido. Y también ha descubierto que nunca hay que dejar de tener cerca a alguien que consiga que salgas a correr.

Mi 2014 sabe a hamburguesas casi crudas, a pollo con facilidad para dormirse y a lavar los platos para tener razón cuando vayas a discutir.

Mi 2014 ha hecho una para cada uno de los doce del siguiente y ha encontrado trabajo y está convencido de que no había nadie mejor para ilustrar lo único que sabe hacer. En realidad, lo más importante de todo es que creo que mi 2014 se ha encontrado a sí mismo, y eso es algo que ninguno de los anteriores puede decir. Y que vengan muchos más.

Deja un comentario

Archivado bajo Adoquines, Cafeína, Ceniceros, Koalas, Nieve

Entonces sigue sin ser la palabra

Tengo un amigo que escribe bien. Él no sabe que ahora estoy escribiendo sobre él y yo no tengo ni idea de lo que voy a acabar diciendo. Pero sé que escribe bien y también sé que le quiero mucho, pero ese es otro tema. Mi amigo escribe bien y escribe tan bien que lo he repetido ya tres veces.

Lo que pasa es que el cabrón, el muy cabrón en realidad, ya no escribe. O escribe, pero ya no nos deja leerlo. Y me jode. La culpa la tiene él, por ser feliz. Más bien por tener a una persona a su lado que convierte sus vísceras en cosas que merecen la pena. Pero yo que sé, yo desde mi egoísmo quiero que vuelva a las historias de antes. Quiero que me hable como un elefante disléxico, quiero que me cuente las historias del pirata que ya ni recuerdo cómo se llama y quiero que nombre grupos de música que nadie conoce. Vamos, que haga lo que hacía antes, pero un poco mejor.

Porque que no se engañe, (y esto se lo estoy diciendo a él) ahora, con todo lo que ha leído, escribiría aún mejor. Yo dejo que decida. El resto no tenéis ni idea de lo que os estáis perdiendo. Hay muy pocas historias de estas que lo cambian todo cada vez que las lees, y él un día escribió una de esas y ganó un premio y todo. Y se lo gastó en llenar de alcohol las barrigas de todos los que tenía cerca.

Aquí se lo dejo. Que lo lea cuando quiera. Que escriba cuando le dé la gana. Ahora que no hablamos con toda la asiduidad con la que lo hacíamos antes, le suelto la piedra, el resto que lo haga la gravedad. Tenemos más barba, ya no nos duelen como antes y queremos infinitamente mejor. Y por supuesto que estaré aquí para cuando quiera volver.

3 comentarios

Archivado bajo Koalas