Archivo mensual: noviembre 2014

Pásame los alicates

Ahora sé muchas cosas. Sé que ha cambiado el azul por el naranja y que no ha aprendido a dibujar mejor. Sé que le gustaría el penúltimo jersey que me compré, que no perdió su mochila de cuero y que se cortó el pelo, pero tampoco mucho.

He descubierto que no era tan única como yo me pensaba, que su serie favorita sigue siendo peor que mi serie favorita, que hay gente que duerme mejor y que hay chicas que ríen más. Sé que leyó lo que quería que leyera y que no quiere yo sepa que lo ha leído. Supongo que es feliz y diría que me alegro por ello, pero lo cierto es que me da igual. Y es que a mí me gustan más los gatos de plástico que las espadas japones. Pero allá cada uno.

Sé cuál es el nombre que grita cada vez que oye ladrar. Sé que ya no es lo que era. Sé que ya no soy lo que fui. Estoy convencido de que ahora nos llevaríamos mucho mejor y me juego el cuello a que algún día se arrepentirá. Me jode no ser capaz de saber cuándo acabará todo esto, pero me alegra saber que puedo vivir sin que acabe.

Ahora sé que no la necesito. Sé que podríamos haber sido los mejores, pero yo no me atreví a serlo. Me imagino que ahora habrá alguien que le hace reír más que yo; y bien, yo ahora sé hacer reír a otra persona. Y me da igual no tener a quien insistir con lo de la carne picada, porque hay a quien le he descubierto la mostaza.

Ya no necesito a nadie para que me gusten las cosas que hay en mi habitación. Ya no tengo nada que decirle. Que sí, que me gustaría que nos volviéramos a conocer. Pero ya no me da pena que te hayas ido y ya no me da miedo que algún día puedas venir.

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Vivir de escribir

Tengo un problema y es que sé qué quiero ser de mayor. O al menos sé de qué quiero vivir. Cuando me preguntan siempre digo lo mismo “yo quiero vivir de escribir”. No sé si es por vergüenza o porque ya sueno pedante por mí mismo o porque huyo del postureo pero me chirrían las palabras “quiero ser escritor”. Me vienen grande, me dan vértigo. Y este es mi gran problema.

Sé que no suena a gran conflicto, que ojalá todo el mundo supiera a qué se quiere dedicar. Sí, verás, te cuento. Estoy en un momento de la vida en el que hay que tomar decisiones. Soy casi licenciado en Periodismo y me debato entre hacer unas prácticas que probablemente no me gusten con un sueldo por debajo del que me merezco, o trabajar de dependiente en una tienda para la que no necesito mi licenciatura. ¿Y dónde quedan mis ganas de vivir de escribir? Pues siguen ahí, en mi día a día, constantemente.

Y es que cuando te quieres dedicar a una de estas cosas es tan complicado explicarle a los demás que tú sí que trabajas, que no tienes ingresos fijos pero que te dedicas a ello. He experimentado cómo la gente me miraba con aprobación cuando decía que estaba haciendo unas prácticas en las que no me pagaban, y también la cara de suficiencia cuando a esos mismos les dije que había ganado 300 euros en un concurso de microrrelatos. Ya ves tú, 300 euros. Ya ves tú, ganar dinero con lo que más te gusta.

A lo mejor el problema lo tenemos los que queremos tener un trabajo sin horarios, sin convertirnos en un autómata más, los que queremos crear cosas nuevas. Pero claro, a ver cómo les explico a esos que yo no madrugo, pero que no paro de pensar todo el día. Que por cada frase que escribo, hay miles que me pasan por la cabeza. Que voy a hacer la compra y pienso en qué escribir, que estoy en la ducha y lo mismo, que hay noches que me paso en vela por la misma mierda.

Que sí, que no voy a trabajar a una oficina o a una redacción o a cualquier otra empresa, pero estoy escribiendo una obra de teatro, tengo un libro que seguramente pronto será publicado, llevo dos años dándole vueltas a una novela y estoy metido en un proyecto con una amiga. ¿Que no trabajo? No, que va. Soy un vago. Un puto vago para muchos. Pero al menos yo sé lo que quiero ser y seguramente no lo consiga. Y me da igual, porque por el camino habré hecho cosas y miraré atrás y me podré sentir orgulloso. Eso no me lo daría un trabajo de los que les gustan a esos que me miran con suficiencia.

Así que ahí va, para todos esos que se sorprenden cuando les digo a qué me quiero dedicar. Para los que dudan y para mí mismo cuando me da por dudar. Que luchar por lo que quieres no está mal, que es mejor equivocarte haciendo lo que te gusta que acertar haciendo lo que les gusta a los demás.

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Polvo

Vuelvo a hablar de canciones porque se me da bien repetirme y justifico lo que hago porque se me da bien repetirme. Solo necesito una palabra por título para darme por aludido. Estamos hablando de los recuerdos que sirven para rascarse y de las clases de hacer como que vuelas.

Di que también es fácil hacer todo esto si tienes el pasado repleto de papel de burbujas, de dados que a veces sacan cinco y de un buen mantel. Aún no sé lo que es un buen mantel, pero estoy seguro de que algún día lo sabré. Y pensaré, anda mira, este es uno de los buenos. Para cuando llegue la época en la que no tenga que levantarme de la mesa en la que escribo para apagar la luz del salón. Que la de la cocina es mejor dejarla encendida, pero ese ya es otro tema. Como ahora, que desde que he cambiado el aceite por el agua no me apetece encender nada. Pasamos frío y se pone un jersey a medias para poder quedarse dormida mientras lee, porque puede quedarse dormida mientras intenta hacer de todo y yo hago como que no pienso en nada.

El caso es que noviembre me parece un mes insulso. En un par de semanas volveré a escribir sobre ella, pero ahora me apetece pensar en el color de la alfombra que me gustaría poner en mi habitación y que seguramente nunca me atreva a comprar. En fin, que son excusas, que puede que no sea tan bueno como lo de antes, pero vale con que sea tan necesario como todo lo demás.

No sé si ponerme guantes o seguir esperando a que me haga una visita. Las cortinas van a seguir midiendo lo mismo y me da cierto miedo, porque quizás, cuando empiece a hacer calor, ya no habrá nada que fabrique la noche. Y a ver cuándo leemos. Y a ver cómo dormimos. Y a ver dónde quisiste que nos quedáramos.

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Tijeras para zurdos

Demasiado tarde siempre será peor que demasiado pronto. Porque lo tarde pudo haber sido, pero lo pronto no tendría por qué ser. Es que hay veces que tenemos que aceptar que nuestra canción favorita no es la mejor de todas o que por mucho que escuchemos la mejor canción del mundo nunca se va a convertir en nuestra favorita.

Por eso creo que recordar solo lo bueno es una mierda, porque es difícil aceptar el final de algo si no nos acordamos por qué tenía que acabar. Pero tenía que acabar. Quizás no así, quizás no tan lejos, quizás no con tanto frío. Que solo hablo de oídas, que lo de agarrar nieve en la cima de un volcán solo lo he visto por foto. Una foto bonita, por otro lado. De las que me gustaría haber hecho a mí, con la cámara que nunca me compré y a la chica que ya ni recuerdo cómo se desnuda.

Luego también existen ocasiones en las que hay que perder el miedo a agarrar un cactus para poder escribir una lista de cosas que a nadie le importan. O cortar por lo sano. O atreverte a contar que vas a cumplir un sueño, que tú pones los textos y otra las ilustraciones, que la portada es la hostia y qué pena que ella no lo va a leer.

Las dudas llegan y con suerte no se irán. Porque dudar merece la pena, porque si estuviéramos seguros, no lo haríamos. O sí que lo haríamos, pero un poco peor. Dudar y tener miedo y cumplir sueños. Andar en bici hasta que se nos olvide dónde nos la robaron y hacernos un horario para empezar a correr. Y cuando nos pregunten que cómo lo hicimos no contestaremos nada, porque no sabremos qué contestar.

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