Archivo mensual: febrero 2014

No lo sé, solo espera

Hoy hace diez años que Joel Barish cogió el tren y se fue a la playa de Montauk y escribió su lista de pensamientos al azar del día de San Valentín de 2004. Diez años, se dice pronto. Ya sé que es un personaje de una película, que no existe ni nada, pero tampoco necesito que lo haga. No tengo ni idea de qué estaba haciendo yo hace diez años, ni siquiera me acuerdo qué regalé el último San Valentín que viví con pareja, de hecho, no me acuerdo si regalé algo. Y es que a mí el 14 de febrero me da un poco igual, soy así, odio los cumpleaños, me encanta la Navidad y me da lo mismo el día de San Valentín.

Lo que me jode es que yo no voy a poder ir a una playa, no voy a abrir una libreta y me voy a preguntar dónde están las hojas arrancadas de mi cuaderno, porque nadie me las ha obligado a arrancar. Puede que vaya al parque más famoso de la ciudad en la que vivo y me dé por pensar que la hierba está sobrevalorada, que solo son árboles diminutos. Y también puede que me cruce con alguna chica y me haga un poco de caso y me enamore de ella porque a mí, al igual que a Joel, eso también me pasa.

Pero vamos, que me quedaré en casa y me imaginaré qué estaré haciendo dentro de diez años. A lo mejor estaré en un tren de camino a una playa del estado de Nueva York y cuando esté allí muerto de frío pensaré “Montauk en febrero. Eres genial, Óscar”.

No tengo ni idea, lo más seguro es que dentro de diez años ni me acuerde de que he escrito todo esto y de que hubo un día en el que me moría de ganas de ver cómo se derrumba la casa en la que nunca nos conocimos. Pero eso sí, yo ya no me conformo con lo agradable, ni pretendo que mi mayor preocupación sea tener que llevar el coche al taller. A mí, si quieres, apareces y discutimos con cuántos colores serías capaz de teñirte el pelo, o jugamos a hacernos los muertos, o vuelvo e invento una despedida y fingimos que algún día la tendremos. Y a ver si dentro de diez años te apetece venirte a una playa que quiero conocer.

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El suelo de mi cocina

Tengo algo más de 8.100 seguidores en Twitter. La mayoría de gente que se mete aquí ya lo sabe, pero hay algunos que no y que espero que sigan sin saber cuál es mi cuenta porque me gusta mantener ese pequeño misterio. En fin, a lo que iba, 8.100 seguidores. Intento imaginarme lo que son 8.000 personas todas juntas y no soy capaz, pienso que en la sala de conciertos más importante de mi ciudad caben unas 500 y sigo sin poder hacer los cálculos. Son muchas personas, demasiadas quizás, y nunca estoy conforme.

A Twitter llegué porque necesitaba evadirme. Tenía una de esas penas que no matan, pero casi, y quería escribir sin que nadie me conociera. Empecé de cero y cuando digo de cero es sin decírselo a nadie, sin que me siguiera un amigo y me ayudara a conseguir seguidores. Nada. Tarde unos 1.000 tuits en llegar a los 100 seguidores. Estoy convencido que las mejores cosas que he escrito están perdidas por esa red sin ninguna interacción. Y me daba igual. Era escribir por escribir.

Luego llegaron las interacciones y los seguidores y a la gente parecía que le gustaba lo que escribía, y todo se empezó a ir un poco de las manos. Que no reniego de ello, que es la hostia que a la gente le guste lo que a mí me gusta hacer. Mi putada es que ahora he llegado a un punto en el que no me conformo con nada. Escribo una frase y veo que solo le gusta a, pongamos, treinta personas, y me parecen pocas. Me permito el puto lujo de que treinta personas me parezcan pocas, yo, que a lo largo de un día normal no cruzo palabra con más de cinco. Voy con toda mi cara y toda mi estupidez y pienso que vaya mierda, que eso que acabo de escribir no gusta.

Y ese miedo a no gustar es el que me está matando. Pero ya no. El otro día estuve mirando el Twitter de una chica que se inspiraba demasiado en cosas que había escrito otra gente, entre ellos yo, y me ofendí. Me molestó lo que hace una persona que ni me va ni me viene. Y eso ya sí que no. Vine a Twitter a evadirme de mis problemas, no a crearme más.

Así que ya está. Voy a dejar de hurgarme en heridas que ya no existen para poder escribir mejor del dolor. Voy a dejar de estar pendiente de putos números y no de unas cuantas letras. Que si quiero escribir sobre la mierda que hay en el suelo de mi cocina lo pienso hacer, y si quiero escribir veinte frases seguidas sobre lo que echo de menos a mi exnovia también lo pienso hacer. Y al que le guste bien y al que no, lo siento mucho.

No pienso volver a perder la esencia con la que llegué. No pienso volver a plantearme si debería escribir esto un viernes por la tarde porque los viernes por la tarde casi nadie está en el ordenador. Voy a escribir lo que quiera, en definitiva, voy a ser lo que quiera. Porque es el miedo a decepcionar el que me ha llevado a esto, a que cuando me digan que me quieren conocer me entre el miedo a que sepan cómo soy y se vayan corriendo, y a dejar de usar tan a menudo mi sentido del humor porque solía parecer un borde a gente que no me conocía.

En fin, que estas son mis explicaciones. Son mías para mí mismo. Que se lo agradezco a los 8.000 que están y que me alegro de que en su día les apeteciera leer más cosas de mí. Pero con los números nunca es suficiente, así que mejor nos refugiamos en las letras.

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La parte izquierda de mi cama

Ya sé que siempre es lo mismo, que siempre hablo de lo mismo. He aprendido a aceptarlo. He aprendido que de vez en cuando me da por buscarte para saber cuánto has cambiado. Luego no te encuentro y supongo que es porque has cambiado tanto que ya ni siquiera soy capaz de saber quién eres.

Que sí, que me repito, que no hace falta que me lo diga nadie. Pero es que mi vida es así, hasta nuevo aviso vas a aparecer por aquí más de lo que me gustaría y un poco menos de lo que puedo soportar. No dueles, pero estás. No vienes, pero tampoco soy capaz de echarte.

Es eso, que, cuando no escribo lo que quiero, escribo sobre ti, que ya no te quiero, pero casi. Y he intentado hablar de otras, hasta llevo guardando más de un mes un regalo para una chica que hace tiempo que dejó de merecerse desenvolver nada. Eso sí, no le he puesto ningún lazo como tampoco hacía con los tuyos.

En fin, que yo que sé. Que ahora duermo bien y todas esas mierdas que me digo para pensar que todo está mejor, y puede que lo esté, no creas. Pero es que me acuerdo de cuando me dolía el hombro cada vez que venías aquí a dormir y, no sé, era la hostia.

Espero que no me leas y espero que nadie venga a decirme que todo se pasará, que vendrá otra, que seré feliz. Todo eso ya lo sé. Ya sé que seré feliz, de hecho ahora casi lo soy del todo. Claro que en ese casi caben tantas cosas que al final acabo haciendo lo mismo, esto de hablar de ti para volver a contarme a mí mismo lo que ya sé. Para volver a pensar que fui un idiota al dejarte marchar sin darme cuenta de que fui yo el que se quiso ir.

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