Archivo mensual: octubre 2013

Tus besos, mi verdad y ningún atrevimiento

Sabía que era así y no quería que fuese así. Dijiste que era el último y yo aún sigo esperando al primero. Que no me importa, que sé que te da miedo lo que más te gusta y que me gusta ver cómo se te oxida la armadura.

Claro que es por ti, claro que los autobuses nocturnos siempre llegan muy pronto y claro que cuando espero a que vengas siempre me parece demasiado tarde. Pero vamos, que la funda de mi edredón sigue oliendo bien. Prefiero el calor de unas sábanas que me gusta como huelen.

Que eso, que me da pena. Quiero que ganemos juntos y que veamos todos y cada uno de los putos lagos que hay en Canadá. Lo que pasa es que tus no puedo ganan a mis sí quiero y, al final, me paso el día imaginando en qué pensarás cuando piensas en mí.

Y no tengo la intención de hacerles caso cuando me dicen que te olvide. Solo quiero decirles que he encontrado a mi jodidamente complicada y que sí, que su espalda había empezado a ser mi único país. El país más bonito del mundo. Ya ves, yo, que no creo en banderas, me encantaría poder nacionalizarme en tu espalda.

Qué mal llevo esto de perder la guerra y qué aburrida me resulta la paz. No te olvides de que tenemos tres cosas pendientes, de que aún no he aprendido todas las letras del abecedario y de que aún te quedan unos cuantos paraguas por tirar. Que eso, que te quiero mucho.

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Que no lo entiendan, que no hace falta

Así, de ese color, del de los Simpson, el de mi maleta grande, el de las baldosas del camino. Dejando un buen olor en un sitio en el que nunca había olido a nada. Y que suene a canciones fáciles de olvidar.

Todo muy cómodo para estar tumbado, pero no para dormir. Nada de dormir, ni de cerrar los ojos; solo doblar almohadas que nunca consiguieron enfriarse del todo.

Y coger un taxi y que la ciudad favorita de alguien nos cree la mayor de las indiferencias. O que un tiburón le arranque la pierna a alguien que nunca tuvo ganas de correr. La balanza se equilibraría, como cuando juntas una piruleta roja y un chicle de clorofila.

La de lunares que nos quedaron por contar y la de ropa interior que no supimos perder. Y perdimos apuestas y manchamos el sofá y ninguno aprendió a hacer salmorejo.

Nadie olvidó cómo reírse, ni nadie dejó sin despegar la pegatina de su cerveza. Hubo quien vio a una locomotora volando, pero era mentira. Todo sabía a pizza, en realidad. Eso sí, muchos periódicos impresos pero ninguna página sin pasar.

Posando para una foto que nadie quiso que saliera en blanco y negro. Y joder, qué putas ganas tenía de hacer que fuesen felices todas.

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