Archivo mensual: agosto 2013

Más desnudo que sin ropa

Si en el fondo soy un cobarde. Mucho hablar de amor, muchos textos bonitos que a muchas les gustaría que les escribiesen. Mucho sentimiento y mucha rabia. Y la nostalgia claro; la nostalgia por bandera, como si tuviera la necesidad de sufrir para sentirme vivo.

Pero que va, soy un cobarde. Un mierda que no se atreve a conseguir lo que quiere por si no lo logra o, lo que es peor, por si luego lo pierde.

Por eso prefiero las chicas con novio, porque son imposibles. Porque si las consigo siempre me puedo decir que también me lo van a hacer a mí, y desconfiar de ellas. Es su culpa, no la mía. Claro, es más fácil sufrir por lo que no se puede, que por lo que no te atreves.

Por eso la chica que más me gusta no tiene ni idea de todo lo que me gusta. Por eso llevo ocho meses sin hablar con la mujer más importante que ha habido en mi vida. Por eso me alejo cuando todo es demasiado bueno, cuando lo que parece que deseo se puede hacer realidad.

Así quién va a esperar nada de mí. Nadie supongo. A veces da la impresión de que sé hablar tanto de estas cosas, que voy a ser el puto amo cuando las viva. Pero que va, ni siquiera me atrevo a vivirlas. Estoy bien aquí, culpándome por lo que no hice, acojonado por lo que algún día me cansaré de querer hacer.

Hace tiempo una amiga me dijo que le tengo miedo al compromiso y puede que sea verdad. Pero creo que en realidad me tengo miedo a mi mismo. A cometer los mismos errores de siempre. A tener la oportunidad de ser feliz y solo imaginarme qué pasará cuando deje de serlo.

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Me callo porque no puedo hablar, no porque me guste el silencio

No me pinta grandes cuadros, ni salgo en sus mejores fotos. No me reserva sus películas favoritas. Tampoco busca los restaurantes más famosos para poder cenar conmigo. Lo tengo asumido. Podríamos ser los mejores, pero no lo somos. Yo no me atrevo a tirar los dados y ella está jugando a las cartas.

Por eso no puedo decir cómo se soluciona cualquier problema, ni puedo decir cuál es la parte que más me jode de una despedida.

Qué más da. Lo bueno de descubrir que hay alguien que te puede hacer sentir demasiado bien, es que al menos eres capaz de sentirte demasiado bien. Y eso no es fácil de conseguir. Yo se lo diría, pero no puedo. Igual que podría visitar todas las ciudades del mundo y ella seguiría siendo mi rincón favorito de todas ellas.

A lo que voy es que no me gusta alejar a esas pocas personas que hacen que mi vida sea la hostia. Que si no lo puedo tocar, al menos prefiero tenerlo muy cerca. Y que joder, qué bien huelen mis cosas cuando mis cosas huelen a ti.

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Y que sepa jugar al Catán

A veces pienso en cómo será la mujer perfecta para mí. Me imagino, por ejemplo, que la conoceré disfrazada de un dibujo animado de una serie infantil o de una de esas películas que he visto tantas veces, que son más reales que muchos de mis recuerdos. Ella bailará porque le encanta bailar y se enfadará conmigo porque yo no bailo tanto ni tan bien como ella.

Tendrá un piercing en la nariz o en la lengua o en los labios. Y si lo tiene en la lengua o en los labios me besará con él y de vez en cuando se lo quitará, no para besarme mejor, pero sí para besarme diferente. Dudará si quitárselo y me preguntará si ya es hora y yo le diré que no, que se lo deje, que me gusta que se lo quite solo para besarme diferente.

Se hará coleta y yo le diré que está más guapa con el pelo suelto, pero a ella le dará igual; estará guapa de todas formas. Así hasta llegar al punto en el que memorice su cara y no sepa si ha dejado de ser la más guapa del mundo y, por supuesto, me dé igual. También memorizaré sus lunares y sus tipos de risa y los movimientos que haga justo antes de tener un orgasmo.

Le gustará que escriba y comprenderá que no escriba sobre ella porque sabrá que de las importantes solo lo hago cuando se marchan, no cuando están. Le gustará que le lea lo que escribo y me dirá que en esos momentos es cuando más le gusta mi voz.

Preferirá dormir conmigo a dormir sola y le costará muy poco conciliar el sueño. Se dormirá en cualquier momento, viendo la televisión o hablando conmigo por teléfono y no me molestará porque será graciosa al despertarse. Sabrá que siempre me han gustado las mujeres sin tacones y que me importa más la voz que el color de los ojos. Yo la enamoraré haciéndole reír y ella me enamorará con su risa.

No compartirá muchos de mis gustos. No necesito que le gusten las mismas películas que a mí, de hecho, me encantaría que fuese una de esas personas que odia el cine, como Holden Cauldfield. Me enseñará cosas que no sé y comerá sin miedo a mancharse y le dará miedo encender los fuegos de mi cocina.

Aunque supongo que, en realidad, lo que necesito es una que no cumpla nada de esto, una que venga y me diga “Óscar eres idiota, no existe alguien perfecto para ti”. Y que ella no sea la perfecta, pero sí la mejor de todas.

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