Solo mía

Me gusta la expresión “mi gente”. No tengo muy claro quién entra dentro de esa definición. En mi caso hay familiares, amigos, amigos que son más que familiares y personas que no llegan a ser amigos pero que nunca se convertirán en desconocidos. Es difícil saberlo a ciencia cierta, pero me encanta volver a mi ciudad y decir que vengo a ver a mi gente y saber que, de una forma u otra, a todos les voy a acabar viendo.

Supongo que son mi gente porque estaban antes, porque lo que soy ahora ha llegado gracias a que ellos estaban por el camino. No tiene mérito ser el primero en llegar a un sitio, pero sí que lo tiene ser de los que más se han quedado en él. Así que todos ellos, sí, son mi gente, y no me podría perdonar que no lo supieran.

Quizás también por eso me gustan los recién llegados. Los que en unos cuatro años han entrado a base de compartir comida barata y motes divertidos. Puede que al final se acaben alejando, como muchos lo han hecho antes, pero creo que esa es la diferencia entre mi gente y todos los demás. Con ellos las despedidas duelen y los reencuentros gustan porque sabemos que nadie tiene la culpa de echarse de menos. A mí eso solo me pasa con mi gente, la mía, la de nadie más.

Que sigan así, que sigan bien. Que sus triunfos son mis triunfos. Que mis derrotas son menos derrotas cuando ellos miran desde el fondo del bar y sonríen aunque no tengan ganas de hacerlo. Mi gente, ya ves, si hay algo mejor que esto, no quiero conocerlo.

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