Así con todo

Me gusta comer como un cerdo. No es por falta de educación ni nada de eso; mis padres se han encargado de enseñarme todas las normas para comer como una persona normal. Pero a mí me gusta así, manchándome y cogiendo las cosas con las manos y gastando más servilletas que cubiertos.

Es un espectáculo. Cuánto más me mancho comiendo una hamburguesa, más me gusta. De las alitas de pollo me como hasta el cartílago. De hecho, si puedo rompo el hueso y chupo la médula de dentro. Sí, una cerdada, ya lo he dicho, pero es que lo disfruto así, no podría hacerlo de otra manera.

Supongo que por eso siempre he procurado rodearme de gente que come a la misma velocidad que yo. No creo que haya nada mejor que competir con mis amigos por ver quién es el que come más de un plato que compartimos. Así somos, con nosotros a nadie le preocupa quedar mal por comerse la última patata, es más, quedas peor si no peleas por ella.

Y ya está, no somos ni mejor ni peor que nadie. Si yo quiero chupar mi plato, lo voy hacer; si otros prefieren no mancharse las manos, allá ellos. A mí lo que me pasa es que comer me hace feliz, y si algo me hace feliz, lo hago hasta el extremo, en vena como dicen algunos. Como si fuera lo último que hago, como si fuera lo último que quiero hacer.

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