Archivo mensual: marzo 2013

Al final del todo

Me pregunto qué pasará cuando hayan ardido todos los demonios; cuando no quede ropa que quitarse y las cicatrices hayan escupido toda la sangre que tenían que soltar.

Habrá quien diga que empezaré a vivir y me enseñará que empeñarse en unos lunares que se fueron no va a hacer que lleguen las coletas que tienen que llegar. Todo con metáforas que entiendan dos personas y media, claro.

Y nos dirán que aprovechemos el momento. Esos que aseguran que le tienen miedo a la muerte, pero nunca se han preocupado de aprender a vivir. Esos que dejan de usar unas zapatillas solo porque se les han roto los cordones.

Entonces compartiremos la hoguera y quemaremos todo juntos y nos desnudaremos tanto que nunca más nos podremos volver a vestir. Lo dicho, que para qué quiero saber cómo es si no voy a poder recordarlo.

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La mejor foto del viaje

Me enseñó a andar en bicicleta y me abrazó cuando llegaron las turbulencias. Me enseñó a correr y me dijo que la besara y, claro, la besé. Compartimos gafas de sol y levantamos los brazos a la vez. No quiso dormir a mi lado y tuvimos que estar despiertos toda la noche.

De fondo suena una canción que habla de darse la vuelta y yo sé que sonríe aunque no llegue a girarse. Aplaude cada vez que oye un nombre. Cambia cigarros por minutos de masaje. La luz naranja me alumbra aunque esté a oscuras, aunque aún no sepa enfocar las fotos sin quitarle el automático.

Una noche le acompañé de vuelta a su casa. No era su casa y yo no era su compañía, pero da igual. Me aguanté las ganas de todo. El problema de los candados es que hay veces que no es el momento adecuado para encontrar la llave correcta. Es mejor que no nos roben aunque ni siquiera nosotros la podamos usar. Las ganas de todo y no pasó nada. O sí. Nunca se sabe cuando una discusión puede hacer que alguien te encante.

Lo que pasa es que después llovía. O no, no llovía, pero acabamos empapados y estábamos lejos y a la vuelta me dijo que la había abandonado, que había dejado tirada nuestra bicicleta para coger el taxi más rápido de toda la ciudad. No entendió que sin ella me daba miedo correr, que a veces el suelo también tiembla y a algunos nos da miedo que nos separen para siempre. Algunos nos dejaríamos la vida intentando saltar cualquier muro. Al final todo se seca y al final todos los muros están hechos para pintarlos o para mancharlos o para destrozarlos.

Hay muy poca gente dispuesta a enseñar algo. Hay muy pocas luces que manden escalofríos a lo más profundo de mi médula espinal. Ella tenía razón cuando le quitaba el flash a todas las fotos. Ella tiene razón cuando le hago reír.

Cuando la ves dan ganas de conocerla y cuando la conoces dan ganas de no dejarla de ver. Puede ser una tontería o una mentira o cualquiera de esas cosas insulsas que dan la felicidad, pero a través del cristal se ve algo borroso. Quizás sea mi reflejo, quizás sea lo que fui cuando no estaba ella. Quizás era así cuando no sabía cómo andar en bicicleta.

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Sin quitar el papel pintado

La nostalgia abandera, cómo no. Y lo dice uno que la única bandera que le gusta es la pirata. Pero la personalidad es la personalidad y para los que tenemos la manía de estar pensando todo el rato, los recuerdos son unos hijos de puta.

Tampoco impide ser feliz, lo que pasa es que para eliminar la nostalgia tiene que llegar algo que ilusione. La única forma de cambiar el color de una habitación es pintando encima del que ya está.

Y te dices que cambiarías cosas de tu vida y te arrepientes de lo que has hecho pero no te arrepientes porque los errores pasados son los que llevan a los aciertos futuros. O no, o llevan al mismo error muchas veces, pero sigues sin arrepentirte.

El caso es que hoy estaba pensando en cómo me gustaría que fuese mi vida si yo decidiese como tendría que ser. Y creo que sería exactamente igual a cómo es ahora mismo.

No me consuela pensarlo, pero me alegra saberlo.

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Tú ganas

Qué difícil se me hace verte. Podría hacerme el duro y aguantar y decir que no me importa, como tantas cosas que digo que no me importan y luego hacen que me pase en vela noches y noches. Lo que pasa es que sé que esta es una batalla que para ganarla tengo que rendirme.

Y aquí estoy, rendido, huyendo del dolor como quien huye de un submarino sin piloto ni tripulación. Mi bote salvavidas es esto. Escribir y esperar que lo lea gente que no me conoce y me diga que le gusta. Y yo sienta que dentro de tanta perdida haya algo que he ganado.

Pero no me importa aceptar mi derrota. Sí, ganaste tú, tu sonrisa lo decía todo. Mis nervios me cegaban, como las lágrimas mientras volvía a casa. No pasa nada, mi tristeza me sirve para esto, para que hacer que lo que más me gusta valga un poco más la pena.

Y es que sé que mañana me arrepentiré de escribirlo  y me arrepentiré mucho más cuando no sepa si lo has leído. Tú baila y baila y sigue bailando. Mi silla es incómoda y en mi casa no hay nadie, pero y qué; podré dormir porque he hecho esto. Podré vivir esperando hacer algo más.

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Búscalo en el diccionario

No me sale bien la barba. No me sale asquerosamente mal, pero no me sale bien, y me jode. Me gustaría dejarme una barba de estas enormes de vagabundo o de bohemio o de tío al que no le sale afeitarse, algo así. Me gustaría, pero no puedo y supongo que por eso siempre que veo a un amigo al que le sale bien, le digo que se la deje larga, que le queda de puta madre.

Veo que llegará el día en el que tenga hijos y les obligue a dejarse barba porque yo nunca pude, como uno de esos padres frustrados que obligan a sus descendientes a cumplir los sueños que ellos nunca se atrevieron a tener.

Algo así. Yo me miro en el espejo y le pongo empeño. Me digo, mira ya te sale más, déjatela, no pasa nada. Pero no me sale más. Y yo me miro y me miro. Creo que conozco mejor mi barba que la palma de mis manos.

De todas formas, no me rindo y me la dejo. Me tiro muchos días, casi semanas, dudando de si me la dejo o no me la dejo. Hasta que un día, no sé por qué, decido que me la voy a dejar; qué coño, es mi cara, puedo hacer lo que quiera con ella. Así que ahí está, la barba tiene que crecer hasta que algún día decida afeitarme.

El caso es que al poco tiempo, quizás un día, o unas horas, después de haber decidido que la voy a dejar crecer, voy y me afeito. Y creo que básicamente así es cómo definiría mi forma de enfrentarme a todo en la vida.

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El flúor atrofia las papilas gustativas

Cepillo de dientes en la boca, sangran las encías otra vez. Enjuagarse y tragar o escupir. Mezcla de saliva, sangre y mentol. La eterna duda. El agua del grifo caliente, muy caliente, para que nadie la beba. Mover el cepillo mientras todo pierde su sabor original. Lavabos demasiado limpios y estómagos demasiado revueltos y la ventana sigue sin poderse abrir.

Muy deprisa pero nadie está esperando detrás de la puerta; hace tiempo que no suena el teléfono por las noches. La mezcla con ganas de salir y sin salir. Gárgaras y tos y todo al suelo y todo huele mejor, pero no sabe mejor.

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Se nos acaban las provisiones

¿Pero tú quién te piensas que eres? Vienes aquí y te crees que puedes manchar de barro lo que acabamos de limpiar. Pues mira, lo siento pero no. Si tenemos que ser aficionados a una suciedad será a la que trae la ceniza de todos los cigarros que fuman nuestras chicas favoritas.

Porque sí, las preferimos fumadoras. Las elegimos fanáticas de comidas que nosotros nunca osaríamos cocinar. Claro que tampoco nos atrevemos a pedirles el último chicle del paquete.

Por eso te digo que no sé a qué coño vienes tú aquí. Que si pretendes destrozar algo, puedes irte por donde has venido, que esto ya está derrumbado. Y nos gusta así, no te creas. Cuando descubres la belleza de los escombros, ya no te importan todos los edificios que aún siguen en pie.

Así que apártate y deja que pasen ellas. Traen papel de liar y bolsas con tabaco. Traen barro, pero no mancha. Y traen paquetes de chicles a punto de acabar. Vamos, que traen todo lo que algún día necesitaremos.

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Bucea y podrás hablar de peces

Qué manía con que hay que saber hacer algo para poder criticarlo. Que no, que no necesitas saber cómo se hace el hormigón para darte cuenta de que un muro está torcido. Ni tienes que haber estudiado seis años de medicina, más el MIR, más los años de residencia, más la hostia en verso, para poder quejarte de que el cirujano, más que una sutura, te ha hecho una desgracia.

Pues así con todo. A ver si ahora para hablar de literatura vas a tener que ser una mezcla de Kafka y Bukowski o para hablar de atletismo vas a tener que competir de tú a tú con Usain Bolt.

El crítico critica y ya está. Es una opinión, ¿fundada o infundada? Puede ser, no lo sé. Quizás sepa más de cine alguien que ha visto 5.000 películas que otro que ha hecho tres. El tema es que el criterio, o el gusto, es totalmente independiente de lo que sepas hacer.

Vamos que no necesito saber botar una pelota para poder decir que Michael Jordan jugaba al baloncesto como Dios. Ni tengo que haber escrito mil guiones para asegurar que Mentiras y Gordas es la mayor bazofia que me he echado a la cara.

No saber lo difícil que es hacer algo no te incapacita para saber si está bien o mal hecho. A ver si ahora uno va a tener que ser mujer para poder afirmar cuál es la que le parece atractiva y cuál la que no. Pero que haya tranquilidad, que yo no te exijo que tengas un blog para poder criticar lo que hay aquí escrito.

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Lienzos sin pintura

El truco del artista es el de transformar el dolor en arte. Su truco y su maldición. El problema de saber cómo transformar las heridas en belleza es que la sangre, a veces, no queda demasiado bonita. Pero necesita ese dolor, necesita sufrir para hacer disfrutar a otros.

No se puede hablar de nostalgia sin haber colgado un teléfono que ya no va a volver a sonar, ni se puede describir el miedo a perderlo todo sin haber estado cerca de perderlo todo.

Quizás los verdaderos artistas son los que traen ese dolor, y quienes los transforman son un mero intermediario. No lo sé. Solo sé que admiro a todos esos que hacen virguerías con sus moratones, a esos que observan la caída más tiempo de lo que se esfuerzan en levantarse.

Qué sería de nosotros si todo el mundo estuviera bien. Cómo íbamos a estar bien si siempre nos tocase disfrutar.

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Para que respires mejor

Sí, sales guapa en esa foto. Muy guapa, de hecho. Tremendamente guapa, diría yo. Y creo que por eso es por lo que no me gusta. Qué fácil es que te guste lo que parece bonito.

Todo el mundo puede verlo y que todo el mundo se quede con ello. Me quedo con lo que solo veo yo. Con el disfraz de dibujo animado, las decenas de cervezas pendientes y el secreto de las cejas.

Que no te dé miedo leer todo esto, que dentro del agua es imposible chocarse con el suelo. No es una declaraciones de intenciones, no tengo nada que declarar y todavía menos tengo intenciones. Pero quería decirte que no me gusta esa foto en la que sales tan guapa, y no sabía cómo hacerlo.

Fíjate, creo que te queda mejor esa sonrisa con la que imagino que estás leyendo esto. O igual no hay sonrisa, o no lo estás leyendo. Confío en que sí, aunque solo sea porque imaginarte bien me parece la hostia.

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